Álvaro Díez Astete, ojo libertario

Luis Mérida Coímbra*

Es el cazador perdido en el monte, herido de muerte, húmedo de sangre, loco de claridad, siempre fugitivo. Lúcido del alba. Exasperado, deseando arrancar la máscara de la realidad, contemplarla en su desnudez. Los montes llenos de pavor miran al cazador en el paraíso de su memoria, en la oscuridad radiante de las tinieblas. El herido convulsiona, se retuerce, aves carroñeras sobrevuelan el lance, desespera verlas tan próximas con luto cerrado y listo el obituario. Finalmente, el rostro de la muerte llega. Es el cazador perdido en el monte, recordando a su amada que tanto lo amaba”. 
He visto al poeta ácrata con su ojo libertario, al cazador trashumante marchando por los caminos, por el monte alto, navegando en las solitarias playas cual errante peregrino; conviviendo exilios con los vientos del mar, con los soles del mediodía y la noche encendida. Hemos brindado con los cálices del amanecer frente a las olas inclementes del océano nada Pacífico. “Aquí donde todo es tiniebla del mar”. Decías en el exilio de la Lima del 81.
Expresa tu libro: Viejo vino cielo errante: “…Por la sangre que reverberara en sus espejos, más allá de la tumba y más acá…” que la vida está aquí donde es allá, dudando de tangibles hechos. A este cazador lo ilumina el relámpago de la claridad; es silencio del alma pura; su escritura y su vida son una praxis poética, un trabajo henchido de poesía, lúcida, mortífera: “El sol se hunde en el infierno llamado lejanía”. 
Su escritura es de vida y muerte. Es el cazador herido que recorre la ‘orilla’ alumbrando la palabra vivir, desmarcando devenires: “…Amor de la vida que vive aún en la muerte”. Renacimiento y expiración, retorno y caída. “…una alegría se ahoga en la voz imaginaria de la resurrección”. Este cazador ha vuelto a pasar por mi ventana regresando a la existencia, retornando de la muerte, dialéctica de su presencia de bardo perseverante, erguido de belleza mortal, de “Ángel nacido / De la luz y su hambre. / Divino cuerpo / cabeza de infierno / trágico enamorado”:
La obra de Díez Astete es honda y robusta, son letras holladas y horadadas por el poeta. “…El cazador volvía a la vida en su sueño, allí era siempre otro animal que acababa de morir”. Conciencia y salto mortal, con la última luz regresa su poesía a lo oscuro, con la primera luz aparecen sus escritos llenos de astros, de sílabas, de palabras rituales que giran en torno a este trovador de la noche: “…Nadie me ha visto aquí: soy tiniebla, decía, lamiendo su sangre”. Canta, sabe del arte de la guitarra con ardiente fervor.
Viviente de la “siempre, siempre, poesía” escribe en su prólogo de su novela poemática Devoración: “…la tiniebla crea la luz y el muerto va delante de sí: esos personajes de su relato se miran espantados en el lugar vacío”. Poemario que intriga, que instiga, novela que descarna la objetividad fatal dándole a la vida un soplo demencial: “Me viene a la memoria mientras me arrastro con mi cuaderno y mis lápices por los pasadizos en llamas heladas y me enrosco bajo la higuera seca y siniestra del patio manicomial”.
En la primavera de 2003 sale la primera edición de Escritura poética elemental (1981-2003), obra que va desde Viejo vino, cielo errante hasta Sonetos bizarros y otros poemas, libro que reúne su obra, que consagra una poesía con penetrante agudeza, un hombre convencido de que la experiencia hace al poeta, libro que de nieblas ha nacido, que posee alma, que tiene al mar respirando y a la cordillera con humanidad pecadora, “…y por los senderos / de las altas montañas / sonríen como si la sonrisa fuese un viaje de la vida” ...han escuchado el silencio originario / en el viento del / Alcohol: / sin espanto se saben imágenes de las tinieblas”. Poema dedicado al célebre Picasso: Javier Jorge Sanjinés, un viviente y poético personaje de la noche paceña de los años 70. Son seis poemarios que trae el cazador en su libro antológico Escritura poética elemental, en el que reaparecen y aparecen poemarios de Díez Astete: Viejo vino, cielo errante (1981). Devoración (novela poemática, 1983). Abismo (1988). Cuerpo presente (1989). Púrpura profunda (1993). Homo demens (mitopoética, 2001). Sonetos y otros poemas (2003). Poesía que va desde la prosa lozana, epicúrea, simbólica, perversa, hasta el verso libre, silencioso, sedicioso, con murmullos que evocan, que describen la ultratumba, la ultravida, la ultrapoesía: “El cadáver del descendimiento la tumba… Mi sombra cerraba los ojos y me invocaba. Se erguía sobre la tierra cavada.”
Nuevamente en el poemario Abismo cifra su otredad, su monte paterno, su madre selva entrañable, la cacería, sus gritos, sus lamentos y susurros. Este cazador ávido de sangre, loco al amanecer, quiere encontrar la claridad: “Han llamado en el silencio de la selva llena de sol. / Los poros del cuerpo se abren hambrientos: es un rumor de otra carne. / Se levanta el vuelo de una voz en esas soledades indecibles; / el animal remota la locura”.
Álvaro participó en la gesta ‘sanziana’ los años 60 / 70, fue amigo personal de Jaime Saenz, con quien participó en tertulias, lo acompañaba mientras arreglaba relojes (su pasión) o el poeta leía algún poema recientemente escrito. Supo y conoció el alma de Jaime Saenz, del hombre, de ese cometa que dejó una gran estela sobre la ciudad de La Paz. Álvaro evoca y convoca dedicándole un poemario Cuerpo presente, escrito cuando el poeta era velado, señala en un epígrafe dedicatorio: “En la muerte de Jaime Saenz está evocación de imágenes de su alma-imagen de su cuerpo presente”. Este libro con poemas cortos de larga duración hacen de este poemario una redención del hombre, es un postrer adiós al poeta. “El cuerpo de oscuridad / Dolor de la vida / como una luz / Arquitectura del frío /Hondas manos de poesía / Ojos de la noche. 
Este poeta boliviano ADA nació en La Paz (1949) de madre beniana y padre cruceño, es antropólogo y escritor, pero sobre todo es un poeta con Ojo Libertario, nombre de su editorial literaria los años 80 -90. 

*Cineasta y poeta