Acerca del pensamiento antiimperialista

El escritor norteamericano Mark Twain y el cubano José Martí.

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

El pensamiento antiimperialista —es decir, la crítica a los imperialismos desde una mirada humanista e incluso económica— muchas veces surge desde el propio seno de las naciones hegemónicas.

Son sus intelectuales, pensadores y activistas los que no se dejan seducir por las artificiales y perversas ideas de grandeza, denunciando la irracionalidad, el crimen y el rebajamiento moral que implica cualquier doctrina colonialista.

Cuando el escritor polaco nacionalizado inglés Joseph Conrad escribió en 1899 su famoso relato El corazón de las tinieblas, utilizó argumentalmente los horrores del colonialismo a través de la mirada de dos personajes: un empleado imperial en el Congo Belga, llamado Charlie Marlow, y el traficante de marfil llamado Kurtz. Ambos, a pesar de formar parte del aparato opresor, reconocen por vías psicológicas diferentes la inhumanidad de los procedimientos coloniales (la novela de Conrad serviría de base para la aclamada película de 1979, Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola).

Dentro de cada imperialismo siempre existieron voces críticas de la propia hegemonía o de sus consecuencias. En la América hispana del siglo XVI fue Fray Bartolomé de las Casas el que denunció las atrocidades del primitivismo colonial español aplicado a las comunidades indígenas. En Brasil, hacia 1900 y durante el auge de la explotación de caucho por empresas británicas, fue el irlandés Roger Casement el encargado de anunciar sus crímenes. Como dato curioso, Casement había conocido a Joseph Conrad en el Congo siendo ambos funcionarios coloniales de Bélgica.

Hacia mediados del siglo XX, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, junto al escritor Albert Camus, fueron en Francia la voz de denuncia contra la dominación en Argelia. La lista de casos podría seguir, revelando una situación que resulta filosóficamente evidente: toda opresión colonial e imperialista atenta contra la dignidad de los pueblos y afecta la propia naturaleza del concepto civilizatorio.

En el caso del imperialismo más actual, que es el estadounidense, también destacan críticos internos de enorme relevancia como el lingüista Noam Chomsky o el ya fallecido Howard Zinn, autor de una original obra publicada en 1980 de divulgación histórica alternativa titulada La otra historia de los Estados Unidos. Allí Zinn narra la evolución histórico-política estadounidense desde la perspectiva de sus perjudicados: sus vecinos fronterizos, las minorías, los pueblos originarios y los afroamericanos, entre otros.

Actualmente es el cineasta Oliver Stone el que ha tomado la posta de Zinn y se dedica a mostrar las políticas imperialistas de su país mediante documentales, o con su libro de 2012 La historia no contada de Estados Unidos. La filmografía testimonial de Stone incluye trabajos sobre Edward Snowden (2016) o sobre Fidel Castro (Comandante, de 2003).

En general, siempre ha habido tensiones internas en los países imperialistas suscitadas entre los detractores del expansionismo y sus negacionistas. Los primeros cuestionan los alcances concretos y filosóficos de la hegemonía que ejercen, y los segundos ven en los avances imperialistas una fuerza positiva en favor de la humanidad y de la promoción de valores civilizados.

Hoy estos debates no son ajenos en el seno de la sociedad norteamericana, que vive un período histórico en el que las pulsiones imperialistas y antidemocráticas —incluso internas— ya no pueden maquillarse entre la opinión pública. Surgen así defensores y críticos de unas desviaciones evidentes que ponen sobre la mesa la verdadera naturaleza de la realpolitik estadounidense.

En este aspecto, Estados Unidos ha hecho un trabajo destacable en el último siglo, manteniendo ignorante a su propia sociedad sobre los verdaderos alcances de su política exterior, criminalmente agresiva y destructiva del derecho internacional.

A pesar de ello, podemos hallar al historiador militar de origen ruso nacionalizado estadounidense Max Boot —integrante de las más conservadoras usinas de pensamiento estratégico–, que sostiene la utilidad y benevolencia de las intervenciones de EEUU en el mundo. Boot es autor de la premisa “Poder estadounidense para promover ideas estadounidenses”.

Sin embargo, como muchos intelectuales que elaboran este tipo de pensamientos acríticos y validantes del imperialismo, lo hace desde posturas ahistóricas. Es decir, carentes de sustento sobre los hechos constatables que el pasado y el presente ofrecen. En el caso estadounidense, se silencian sus continuos genocidios elaborados sobre bases programáticas, sus guerras intervencionistas y sus ataques continuos a las democracias de signo contrario. Ignoran su antihumanismo, en definitiva.

En la misma línea, el historiador y escritor británico Niall Ferguson sostiene que la naturaleza de la política exterior norteamericana es, en efecto, imperialista, pero no necesariamente cuestionable. Ferguson afirma que todos los imperios (por caso Roma o el Imperio británico) poseían aspectos tanto positivos como negativos, pero que los aspectos positivos del imperialismo estadounidense superarán a los negativos si éste aprende de sus errores.

Estas conclusiones, no obstante, no resisten un análisis de tipo primario, por cuanto el propio decurso mundial, el medio ambiente y la crisis terminal del capitalismo difícilmente puedan dar origen a pronósticos favorables. Todas las grandes problemáticas que se ciernen sobre la humanidad tienen una etiología afín, que es la supremacía irracional de un Estado agresor como Estados Unidos que ha llevado al límite no sólo al planeta, sino a los tejidos humanos y sistemas políticos sometidos a su militarismo.

Esta interpretación del rol estadounidense no es —como suponen algunos— un fenómeno nuevo o incrementado a partir de la caída del bloque soviético que dejó al mundo indefenso frente a una superpotencia avasallante.

Mucho antes, el escritor norteamericano Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain (1935-1910) y autor de las célebres novelas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, entre una profusa obra, fue el fundador de la Liga Antiimperialista de los Estados Unidos. Del propio Twain podríamos citar algunos potentes fragmentos muy ilustrativos de su pensamiento descolonial y antiimperialista.

Entre las muchas reflexiones sobre el problema que su propio país —EEUU— significaba para cualquier humanista y para la propia civilización, Mark Twain escribió: “El cubano José Martí puede considerarse como el primer formulador de un pensamiento antiimperialista en América Latina, en gran medida porque la lucha por la independencia de Cuba del colonialismo español coincidió con el ascenso de las nuevas formas de dominación que comenzaba a desarrollar Estados Unidos, relacionando desde su mismo origen antiimperialismo con el sentimiento antinorteamericano. Subrayando la idea de Nuestra América para oponerla a la América anglosajona, Martí sostuvo que ‘los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos’”.

Más tarde, y cuando EEUU inicia la guerra contra Filipinas, el autor hizo un comentario—en un artículo de 1900 en el New York Herald— sobre la política exterior de su país en el conflicto: “Debería ser, creo yo, nuestro placer y deber el hacer a aquella gente libre [los filipinos] y dejar que traten sus cuestiones domésticas a su manera. Y por eso soy antiimperialista. Estoy en contra de que el águila ponga sus garras en cualquier otra tierra”.