Venezuela en su hora decisiva

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Por Alejo Brignole* 

De todos los cercos que en la actualidad padece Venezuela —el mediático, el financiero y el diplomático, entre otros—, quizás el más ruin de ellos sea el cerco dialéctico, pues le niega a Venezuela el verdadero carácter democrático de su Revolución.

El sistema mundial conducido por Estados Unidos y seguido por un rosario de países europeos y latinoamericanos rebajadamente sumidos a los dictados de Washington, se esfuerza en mostrar una realidad paralela, una construcción ficcional en donde Venezuela pasa a ser una dictadura, un país azotado por las siete plagas y a punto de colapsar. Sin embargo, bastan unos pocos testimonios de la prensa independiente o de turistas espontáneos que viajan al país caribeño para comprobar con sus teléfonos lo que los veedores de las Naciones Unidas ya dijeron en el mes de febrero pasado: que en Venezuela no hay crisis humanitaria. 

El experto independiente enviado por la ONU, Alfred de Zayas, señaló que es un error afirmar que en Venezuela existe tal crisis y que la intención última de esa manipulación es intervenir.

De Zayas aseguro que, en efecto, hay desabastecimiento, contrabando de medicinas y migración, pero que todos eran síntomas de los boicots y los embargos impuestos unilateralmente contra el país. No obstante, estos problemas no revisten un carácter de crisis, ni humanitaria, ni migratoria, ni alimentaria.

Dicho de otro modo, lo que resulta inocultable es que para Venezuela se están aplicando las viejas recetas de acoso y derribo cuando un país o su gobierno incomodan a los diseños que los países sumergentes tienen en su agenda. Lo peor que le puede suceder al asimétrico sistema mundial gobernado por un puñado de países ricos necesitados de las riquezas periféricas es que un país incómodo —como Venezuela— celebre regularmente sus rituales democráticos con eficacia y transparencia para otorgarle el triunfo al gobierno díscolo.

Y como la transparencia de las elecciones venezolanas fue un problema central en las estrategias mediáticas llevadas adelante por Washington, también el cerco múltiple contra Caracas se intensificó en esa dirección: en marzo de este año, Smartmatic, la empresa que proveía la infraestructura electrónica de las elecciones venezolanas desde 2004, anunció que abandona el país debido a que ya no puede garantizar la transparencia en el recuento de votos.

Smartmatic creció al amparo de los contratos celebrados con el Estado venezolano y fue beneficiada por las declaraciones del Centro Carter en años anteriores sobre la seguridad y fiabilidad que tenían los comicios en la Venezuela bolivariana.

Smartmatic hoy se halla diversificada en decenas de países y amplió su gama de servicios a otras áreas de recuento de datos (registro civil, censos demográficos, entre otros). Pero —curiosamente— ahora arguye diferencias entre los datos oficiales venezolanos y sus propios recuentos electrónicos.

No hace falta ser muy agudo para entender que este paso al costado forma parte de las presiones internacionales dirigidas por Donald Trump contra Caracas. De Hecho, Smartmatic fue amenazada en privado por emisarios de la Casa Blanca con un boicot internacional que le impediría operar en multitud de países que contratan sus servicios en épocas electorales, incluida su filial estadounidense Sequoia Voting Systems, adquirida en 2005.

Todas estas maniobras —en las que no faltan los componentes mafiosos de amenazas y chantajes— colaboran en agrandar la sombra de fraude electoral que Washington necesita desplegar sobre la democracia venezolana. 

Sus malditas urnas, siempre puntuales y además victoriosas para la Revolución Bolivariana, resultan una púa dolorosa en las asentaderas del sillón que ocupan los presidentes rubios —a veces negros— con barras y estrellas.

Ahora bien… ¿Qué puede ocurrir en los escenarios posibles tras esta elección? Tanto si pierde como si gana Maduro, las definiciones serán muchas e intensas, sin obviar que el propio acto electoral de este domingo viene siendo cuestionado por supuestamente ilegítimo desde la Declaración de Lima de 2017, en la cual un grupo de 17 países entusiastas por cumplir la agenda exterior de Washington condenaron a la Asamblea Nacional Constituyente venezolana, entre otros ataques.

Como muestra de su vocación de diálogo (a pesar del embargo unilateral jurídicamente ilegítimo impuesto a Venezuela), Maduro y su gobierno accedieron a sentarse a una mesa negociadora con la oposición venezolana en los llamados Diálogos de Santo Domingo, en donde se deliberó arduamente hasta alcanzar consensos que habrían servido para restaurar cierta concordia interna en el país petrolero.

Pero para sorpresa del mundo y de los invitados internacionales convocados (como el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero), cuando el acuerdo estaba cerrado y sólo faltaba realizar el acto protocolar, la oposición venezolana se retiró sin suscribirlo, dejando los casi dos años de arduas conversaciones en un saco roto que se perdió en las cloacas diplomáticas que siempre promueve Estados Unidos, que todo lo enloda con sus modus imperialistas en política exterior.

Así las cosas, y con el llamado Grupo de Lima como heraldo discursivo para atacar a Venezuela, hoy se celebran unas elecciones profundamente intoxicadas conceptualmente por la prensa mundial. Presentadas como un acto autoritario e ilegítimo, aun cuando hoy América Latina reboza de ilegitimidad gracias a la Casa Blanca (Honduras, Brasil, Paraguay, Guatemala y las vulneraciones constitucionales de Macri en Argentina son clara muestra), el foco está siempre en Venezuela, no por sus supuestos pecados democráticos, sino porque, sencillamente, es una torre por derribar en el esquema geopolítico imperial para la región.

Si Venezuela se negara a celebrar comicios, habría condena. Si los celebra, también hay condena, como vemos. Si gana Maduro, habrá condena. Si su fragmentada oposición pierde, habrá condena. Sólo si Maduro se va mediante las urnas y deja libre el camino para la enajenación petrolera nacional en beneficio de los capitales estadounidenses, el mundo escuchará voces festivas diciendo que ganó la democracia.

Pero como Maduro será nuevamente electo, estemos preparados para escuchar más de las habituales mentiras: la necesidad de liberar al pueblo venezolano de un Estado cuasi fallido que lo oprime (aunque el pueblo lo apoye elección tras elección desde hace casi 20 años).

Con una intención de voto del 52% según las encuestas más conservadoras, Nicolás Maduro casi con seguridad vencerá a su oponente Henri Falcón —un disidente chavista— y al menos probable Javier Bertucci —un pastor evangélico procesado por contrabando de diésel.

Debido a esta realidad que los analistas enemigos de la Revolución Bolivariana saben inevitable, la deslegitimación de estas elecciones viene haciéndose desde todos los frentes y sin tregua en los medios mundializados. Estados Unidos, en la intimidad de sus estrategas, entiende que sólo le queda la fuerza. Es decir, aquel recurso de las bestias descrito por el latino Marco Tulio Cicerón. E incluso de esta manera Washington sabe que puede llevar las de perder.

Tras su muy posible victoria, Maduro deberá entender, eso sí, que los márgenes se estrecharán y que será necesario emprender estrategias de gran calado, tanto militares como económicas, con los poderes emergentes que hoy confrontan a Estados Unidos en otros escenarios globales. Solamente así el brazo venezolano podrá seguir sosteniendo su Revolución. 

* Escritor y periodista