[Opinión] El pueblo es sabio

Democracia Directa

La cercanía que Alandia Pantoja tuvo con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) —aunque fuera sólo artístico— fue uno de los factores que marcó distancia entre el pintor y el líder del Partido Obrero Revolucionario (POR), Guillermo Lora.

Ésa y otras divergencias anularon incluso la casi relación de hermanos que tenían.

Miguel Alandia Pantoja fue el principal muralista de la Revolución de 1952 y con su pluma materializó lo que él definió como la fusión del “pensamiento político con la sensibilidad creativa del artista”.

De acuerdo con el escritor Víctor Montoya, entre 1943 y 1968, Alandia Pantoja creó sobre andamios algo más de 16 murales en aproximadamente 562 metros cuadrados; una extensa obra donde el estallido multicolor y el compromiso social son una verdadera fiesta revolucionaria.

Sin embargo, esa carga fue siempre incómoda para la élite boliviana y el poder militar que se hacía de la conducción del país.

Luego de la Revolución, en 1953, el artista nacido en Catavi, Oruro, pintó sobre 86 metros cuadrados en la pared principal del hall del Palacio de Gobierno la obra Historia de la mina.

Con sus pinceles rindió homenaje al movimiento obrero, a los sectores sociales encaramados en lucha contra las élites y los militares.
La obra duró unos 10 años. Luego del golpe de Estado que dio el vicepresidente René Barrientos en contra de Víctor Paz Estenssoro, el gobierno militar ordenó demolerla por la evidente molestia que le generaba.

La destrucción también tuvo como destino la Historia del Parlamento Boliviano (1961), de 72 metros cuadrados, que estaba en el Palacio Legislativo, hoy actual Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP).

Ésa era la lógica de los gobiernos militares: la anulación y el exterminio.

Ya en la etapa neoliberal, la actitud fue casi similar, la clase obrera y trabajadora era marginada y apartada de la toma de decisiones.

Reflejo de ello es que el gobierno de la revolución de 1952 —dirigido por Víctor Paz Estenssoro— se convirtió en el abanderado del neoliberalismo y promulgó el inefable Decreto Supremo 21060, que eliminó la estructura sindical, impuso la flexibilización laboral y autorizó los retiros masivos de los trabajadores bajo el concepto de relocalización.

Miles de mineros en las calles que fueron a engrosar la economía informal con un salario mínimo que no llegaba ni a los 300 bolivianos fue la herencia que dejó Paz Estenssoro, quien acuñó la frase-excusa “Bolivia se nos muere” para impulsar un proceso de entrega del patrimonio nacional.

Pero el pueblo es sabio.

Como en las pinturas de Alandia Pantoja, la fortaleza de la clase trabajadora fue incólume e infranqueable y derrotó a esa oligarquía entreguista y limosnera. La desplazó. Recuperó su dignidad y, por sobre todo, su autoestima.

Forjó una Bolivia que hoy posee un producto interno bruto de 37 mil millones de dólares y dejó en el nostálgico recuerdo neoliberal los apenas nueve mil millones que se anotaron en 2005, año también que puso fin a la particularidad (casi) natural de Bolivia: la inestabilidad.

Hoy los cuadros del gran muralista cobraron vida. Los guardatojos, las polleras, las ojotas no son un par de pinceladas en un mural escondido en un rincón. Ellos caminan, protestan, definen, deliberan y construyen con sus manos un país de todos. Lucharon y han sepultado al neoliberalismo en todas sus formas y caminan con firmeza rumbo al bicentenario. Que las élites tiemblen que aquí no hay un paso atrás que prospere.