Trump saca a pasear a sus perros

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Por Alejo Brignole* 

La guerra civil en Siria (que es consecuencia residual del atropello global de la era Bush luego del 11-S) comenzó a convertirse en una peligrosa caldera de tensiones internacionales de hondo calado a partir de la llamada Operación Resolución Inherente iniciada en 2014 por EEUU. Y ello significa que cualquier mal paso, cualquier exceso, puede desencadenar un conflicto de proporciones mundiales, incluso con el factor nuclear como lenguaje resolutivo.

Como el mundo ya viene corroborando desde hace décadas —o siglos—, las agresiones y las maniobras desestabilizadoras surgen casi siempre de Occidente y de sus estructuras militares claramente hegemónicas. Principalmente la OTAN, que además ha mutado en una subestructura del despliegue militar estadunidense a lo largo y ancho del mundo. Desde esta mirada, la OTAN cumple la función de herramienta multiusos para la política exterior norteamericana, históricamente lesiva del derecho internacional y de las resoluciones de la ONU (no olvidemos que EEUU es el país que acumula más violaciones a sus resoluciones desde la fundación del organismo en 1945).

Es en este contexto y con estos antecedentes que debemos analizar la última acción militar contra Siria efectuada el sábado 14 de abril, en donde Estados Unidos y dos de sus principales aliados europeos —Francia y Reino Unido— decidieron doblar la apuesta en el conflicto regional árabe y lanzar un ataque directo contra Damasco, la capital siria.

En la ofensiva se utilizó un centenar de misiles inteligentes lanzados desde barcos norteamericanos en el Mar Rojo y aviones bombarderos salidos de las bases de la OTAN en Qatar y en la isla mediterránea de Chipre (frente a las mismas costas sirias). No obstante la aparatosidad del ataque, las consecuencias tácticas fueron prácticamente nulas para Siria, que ya había prevenido el ataque, en parte gracias a los informes de inteligencia rusos y vistas satelitales.

Moscú colabora estrechamente con el gobierno de Bashar al Asad, que es el verdadero objetivo de Estados Unidos en todo este conflicto: derrocar a un presidente insumiso que dirige un país moderado, laico y estratégico, que además posee ingentes recursos petrolíferos (las evidentes analogías con Venezuela quedan a cuenta del lector).

Pero para abordar desde una perspectiva adecuada este episodio y comprender cabalmente lo que significó esta embestida y la gravedad que encierra, podemos intentar un ejercicio reflexivo, extrapolándolo a Bolivia: imaginemos que Donald Trump comienza una campaña abierta de agresión a Bolivia (nuestros yacimientos de litio podrían ser una buena razón).

Entonces el Pentágono despliega una campaña militar indirecta pero sostenida contra Bolivia —que es también una nación soberana que obstaculiza su imperialismo. Trump podría ordenar entonces apostar la IV Flota —la misma que patrulla ilegalmente los mares latinoamericanos— y lanzar un ataque con bombas y misiles dirigidos contra La Paz o cualquier otro punto neurálgico nacional. ¿Cuál sería el sentimiento de indignación que habría? ¿Qué significaría ese avasallamiento inhumano y unilateral contra un pueblo pacífico? ¿Sería aceptable tal crimen sin acudir a la justicia internacional?

Exactamente esto es lo que ha hecho el gobierno de Donald Trump con estos últimos ataques a la capital siria: un avasallamiento total de la dignidad soberana de un país y un acto de lesa humanidad a espaldas de toda legalidad internacional.

Para justificar su nueva agresión unilateral, la OTAN echó mano a viejos recursos dialéctico-mediáticos intentando sostener lo insostenible. En este caso, acusó al gobierno de Bashar al Asad de utilizar arsenal químico en la localidad de Duma, en la región de Ghouta. Ataque químico que el Gobierno sirio desmiente categóricamente. Incluso Al Asad convocó a expertos de las Naciones Unidas para que periten la zona que supuestamente fue arrasada por agentes químicos (prohibidos por la Convención de Ginebra y su protocolo de 1925).

Al igual que con las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Husein, las potencias occidentales se revelan como muy ausentes de creatividad para generar argumentos que justifiquen sus acciones ilegales. Sólo la fuerza de su superior aparato bélico justifica ese rol de policía mundial que se arroga el Occidente rico bajo el paraguas estadounidense.

En realidad, estas argumentaciones de baja calidad —las armas químicas sirias— son el resultado de cierta comodidad discursiva. El militarismo occidental prescinde de mejores excusas para poder generar consensos. El entramado mediático globalizado se encarga de hacer el resto para que los electorados más narcotizados —aquellos del mundo rico y sus imitadores de las naciones periféricas— crean lo que dicen las corporaciones informativas, que además son socias y aliadas de los conglomerados energéticos que auspician esta guerra innecesaria.

Con este reaseguro mediático resulta fácil mentir, y además con mentiras pueriles y sin elaborar. Para convencer a la Aldea Global, cada vez más infantilizada en sus razonamientos, no hace falta ser muy creativo. Por eso Washington utiliza desde hace décadas las mismas mentiras: crisis humanitarias, arsenales ilegales o resguardo de la democracia en países que no obedecen sus mandatos.

Utilizando estas viejas excusas, ahora la ambición occidental va por el petróleo y el control energético regional (resultan claves los gasoductos que pasan por Siria para el abastecimiento de sus vecinos y del mercado europeo). Al igual que en Irak, Venezuela, Irán o Libia, se intenta aplicar la vieja fórmula de la desestabilización armada y posterior invasión-apropiación mediante gobiernos tutelados. Una vieja fórmula europea aplicada en África y bien aprendida por Estados Unidos desde inicios del siglo XX.

Pero en Siria sucede algo no tomado en cuenta en la agresiva agenda de las potencias militares: Rusia, con su insoslayable poderío, apoya al Gobierno local.

Largo sería aquí explicar el nivel asociativo entre Rusia y Siria. Una alianza que se remonta a la era soviética y que en el actual contexto multipolar se ha consolidado. Siria no está sola y tropas rusas defienden su territorio amenazado por las diferentes facciones armadas (el ISIS entre ellos) que responden a las estrategias de Occidente en último término.

Los modernos armamentos y el apoyo logístico de Moscú significan una piedra tenaz en el zapato imperialista que pretende la OTAN en la región. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha respondido con dureza verbal al reciente ataque contra Damasco afirmando que no quedará impune. Advirtió que si Washington toma nuevas acciones contra Siria se produciría “inevitablemente” un caos en las relaciones internacionales.

Entre líneas, eso podría leerse como una nueva Guerra Fría a gran escala en la que el expansionismo ruso pueda volver a tener el protagonismo de antaño. Finlandia teme desde hace años ese posible avance ruso sobre Europa, aunque también África forma parte del tablero.

Salvo excepciones como la justificada anexión de Crimea y Sebastopol, que se unieron a Rusia en 2014, Putin supo mantenerse en un lugar relativamente calmo en la geopolítica mundial, sin responder al continuo unilateralismo de Washington. Por eso, la necesaria advertencia de romper los maltrechos equilibrios internacionales si la OTAN vuelve a atacar a Damasco debe verse en clave de Pandora: se abriría una caja belicista de impensables consecuencias. Una vez más, Donald Trump juega con fuego. Sólo que ahora es posible que nos quememos todos.

 
* Escritor y periodista