La matrix y el síndrome cortazariano

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

El éxito cinematográfico mundial iniciado en 1999 con la trilogía Matrix (escrita y dirigida por las hermanas Lana y Lilly Wachowski) se debió, en parte, a que supuso una eficaz metáfora sobre las realidades paralelas en las que el hombre moderno se encuentra inmerso.

Mediante recursos estéticos y alegorías argumentales, la trilogía deja bien establecido que los sistemas políticos y culturales nos manipulan –o nos atrapan– mediante visiones dirigidas de la realidad. Los tres films de Matrix nos colocan en esa molesta percepción de que existen diseños para evitar nuestra indagación reflexiva. Que existen estructuras ocultas que nos condicionan la vida y el pensamiento. Salir de la Matrix se convierte así en un acto liberador y por tanto subversivo del que emergen tremendos desafíos éticos y humanistas que plantean esa nueva visión. ¿Permanezco felizmente en la Matrix o acepto dar pelea ante los desmanes de quienes diseñan nuestra vida y nuestro futuro desde las sombras?

Esta fue la encrucijada que debió atravesar Julio Cortázar cuando, casi en la cincuentena de su vida, comenzó a intuir los límites ficticios en los que había vivido en términos de reflexión política. Cortázar descubrió su propia Matrix casi 40 años antes de que las hermanas Wachowski nos la mostraran en el cine.

Ya hemos hablado aquí de Julio Cortázar (véase la nota Cortázar: el escritor que se descolonizó a sí mismo, en la edición del domingo 7 de julio de 2017). Ya analizamos su tránsito por una vida apolítica, de “burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético”, según sus propias palabras. Sin embargo, hablar de una vida apolítica no sería del todo correcto, pues a finales de la década de 1940 Cortázar tuvo una militancia antiperonista, seducido por un ideario colonizado europeísta que el embajador estadounidense de entonces en Argentina, Spruille Braden, supo canalizar en las ilustradas clases medias argentinas. 

Lo que sucedió con Cortázar más tarde, ya radicado en París desde 1951 y trabajando como traductor para la Unesco, fue que comenzó a revisar su propia vida con extrañeza, como la de una marioneta cuyos hilos vitales dependían del discurso dominante, de los prejuicios culturales y de una visión incompleta y ruin sobre lo que significa América Latina y ser latinoamericano.

Comenzaba a transitar la madurez vital cuando abarcó estas visiones, pero Cortázar tuvo el valor de hacer su propia autocrítica existencial, que fue también política y filosófica. Repudió sus antiguas tesis burguesas que lo hacían rechazar todo lo que venía de corrientes populares, o que estaba marcado por el pincel negro de lo peligrosamente marxista, de lo culturalmente subversivo. Cortázar se dio cuenta, en definitiva, que él también había sido trágicamente moldeado por una matriz colonizada –contaminada de racismo y falsamente europea– en aquellos años de su juventud en Argentina. Comenzó a comprender que ser latinoamericano implica amor al cambio, a los intentos de cambio y a los cambios fracasados, pues éstos abren nuevos ciclos para intentar cambiar eternamente. Entendió que pensar a América Latina desde los estrechos postulados de unas clases medias degradadas, sumisas y subordinadas a un discurso externo, era estar muerto en vida. Y Cortázar amaba la vida.

El escritor uruguayo Omar Prego Gadea, colaborador del semanario Marcha y autor de varias novelas y relatos breves, trabó amistad con Cortázar en 1974, cuando aquel se encontraba en París exiliado tras el golpe de Estado dado en 1972 por Juan María Bordaberry y en 1982, Julio Cortázar pierde a su última compañera sentimental, Carol Dunlop.

Fue en esta final, que Prego Gadea propuso a Cortázar escribir juntos una obra, aunque éste aceptó a condición de que fuese ‘un libro muy loco’. El resultado fue un volumen de textos sin temas prescriptos ni vedados, aunque la muerte de Cortázar dos años más tarde interrumpiría sin remedio lo que sería La fascinación de las palabras. En uno de sus pasajes, Cortázar escribió: “La Revolución cubana me mostró de una manera cruel y que me dolió mucho, el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política (…) los temas políticos se fueron metiendo en mi literatura”.

De esa epifanía cubana que iluminó a Cortázar –luminosa salida de una Matrix necia y obnubilada– surgirían las obras más comprometidas del autor: El libro de Manuel, novela de 1974, o la recopilación de artículos Nicaragua, tan violentamente dulce, entre otros.

Ya convertido en un revolucionario, Cortázar apoyó activamente la Revolución Cubana. Relación que no fue siempre lineal y que tuvo sus altibajos debido a discrepancias coyunturales, pero nunca filosóficas. Luego vino la Revolución Sandinista a partir de 1979 y allí estuvo el escritor dando su presencia y su apoyo. Viajó a Nicaragua en varias oportunidades, significando un sostén cultural importante para el nuevo gobierno libre que había podido poner fin a cuatro décadas de dictadura somocista. Debido a su militancia, ya había sido convocado junto a otras personalidades por el Tribunal Russell, también conocido con el nombre de Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra o Tribunal Russell-Sartre, instituido en 1966 y que se encargó de investigar y evaluar la política exterior estadounidense y las atrocidades de guerra perpetradas en Vietnam por sus tropas. Durante la dictadura argentina (1976-1983) llegó a donar muchos de sus derechos de autor para ayudar a las víctimas del terrorismo de Estado y presos políticos.

Fue así, convertido en un hombre nuevo y despojado de todo colonialismo interior, que Julio Cortázar salió al mundo para decir sus verdades y escuchar las realidades siempre calladas por los sistemas vigentes. Se convirtió, en definitiva, en un militante por otra América posible. 

El valor intrínseco de Julio Cortázar, más allá de su prosa, de su originalidad literaria y su magistral técnica en el relato breve, reside en que supo escuchar en la medianía de su vida a sus voces internas. Tuvo la humildad de ampliar la mirada más allá de los muros cotidianos que imponen los discursos dominantes. Intuyó que había una realidad oculta allende el pensamiento burgués de donde surgió.  Decidió entonces saltar el cerco, cruzar la valla que imponían los medios, los prejuicios y los moldes culturales exógenos aceptados como válidos. Cortázar trabajó para dejar sus viejas ropas filosóficas y asumir una nueva identidad, siempre ligada a lo genuino y a lo que su inteligencia, viajes y reflexiones le señalaban como mejor. En este sentido, el autor de Rayuela fue un hombre inmensamente valiente que se animó a asumir una lucha y una forma de amor por América Latina, que lo cambiaba todo, al menos en su universo personal. Asumió su inquietud, su Síndrome Cortaziano, ese que lo transformó y que como un germen bienhechor puede contagiarnos a todos, sin importar lo que hayamos pensado o vivido antes.