La doctrina Reagan

Por Alejo Brignole

El presidente estadounidense Ronald Reagan (1981-1989) pasó a la historia porque bajo su administración se produjeron las condiciones que llevarían a la caída del Muro de Berlín en 1989 y al colapso definitivo de la Unión Soviética en 1991.

En rigor, Reagan concluyó su gestión luego de dos mandatos consecutivos, el 20 de enero de 1989, y el llamado Telón de Acero cayó ocho meses más tarde, el 9 de noviembre de ese año, bajo la presidencia de George Bush (padre). Pero fue durante los años de Reagan que Mijaíl Gorbachov comenzó una serie de reformas internas en la URRSS que llevarían a dicho colapso.

En un contexto de carrera armamentista nuclear, de intensificación de la Guerra Fría en los países periféricos y con el gasto interno disparado en ambos bloques contendientes, una Unión Soviética exhausta inició la Glásnot o apertura política, y al mismo tiempo la Perestroika, o reestructuración de la economía soviética. Procesos que fueron inducidos por la superioridad económica estadounidense y sus avances tecnológicos en materia militar, cuyas proyecciones colocaban a la URSS en una clara desventaja en los años venideros.

La Glásnot y la Perestroika fueron así los puntales de un proceso que Gorbachov ni la nomeklatura soviética pudieron controlar ni contener.

La caída del Muro de Berlín significó el fin de la hegemonía soviética en Europa del Este.

Pero la Era Reagan fue intensa para Estados Unidos y para el mundo por varios motivos, aparte de los señalados. Su mandato se caracterizó por un avance sin cuartel en la reducción de los derechos de los trabajadores estadounidenses, liberando a las empresas de muchas responsabilidades fiscales y sindicales.

Reagan impuso un diseño económico liberal ultraortodoxo, ciertamente elitista, cuya praxis ya era ensayada en Gran Bretaña por la primera ministra Margaret Thatcher, que con medidas similares privatizó la mayor parte del patrimonio estatal británico (minas de carbón, ferrocarriles, empresas de electricidad y un largo etcétera). El ‘thatcherismo’ —como se conoció a los años de su gobierno, entre 1978 y 1990— fue junto a la Era Reagan el inicio de un proceso mundial profundamente concentrador de la riqueza y del avance privado sobre los patrimonios comunes globales.

Sin embargo, cuando Reagan asumió la presidencia en 1981, lejos estaba de suponer que a la URSS le quedaba apenas una década de existencia, y por ello su gobierno supuso un feroz incremento del injerencionismo estadounidense en América Latina y en el resto de las periferias mundiales.

La llamada Doctrina Reagan dominó la política exterior de Washington y profundizó los retrocesos en la convivencia internacional. Hubo un ostensible aumento del terrorismo financiado por la Casa Blanca y de las torturas en otros puntos del globo destinadas a contrarrestar movimientos revolucionarios exitosos, como el que había expulsado a la dictadura de Anastasio Somoza Debayle en Nicaragua.

Después de más de cuatro décadas de dinastía, la familia Somoza fue derrocada del país centroamericano por el Movimiento Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en 1979. Un movimiento guerrillero de tipo maoísta que buscaba cumplir el ideal de Augusto César Sandino: liberar Nicaragua de la ocupación norteamericana y de cualquier dictadura que representara sus intereses.

En el marco de la Doctrina Reagan, Washington comenzó entonces a formar un grupo paramilitar denominado la Contra Nicaragüense con la intención de sabotear, desestabilizar y acosar al nuevo gobierno popular sandinista liderado por Daniel Ortega (actualmente presidente por tercera vez).

A esta formación mercenaria financiada y entrenada por Washington que operaba desde la frontera hondureña, Reagan la llamó “el equivalente moral de los Padres Fundadores y los valientes hombres y mujeres de la Resistencia Francesa”. Aunque en realidad la contra era apenas un agrupamiento de elementos policiales, políticos y militares (asesinos, interrogadores, espías y sicarios) que habían estado al servicio de la familia Somoza. Tras el triunfo Sandinista ocurrió una diáspora de estos elementos a los países vecinos, pero poco después los estadounidenses organizaron campos de entrenamiento paramilitar y los agruparon en la nueva milicia.

Por aquellos años, América Latina era un baño de sangre a cuenta de los intereses corporativos estadounidenses y la Nicaragua sandinista abría otro importante foco de resistencia continental, tal como Cuba ya lo había hecho 20 años antes.

Citamos aquí a la Contra nicaragüense porque fue un claro ejemplo de la aplicación de la Doctrina Reagan, que consistía en estos apoyos manifiestos —económico, político y operacional— a cualquier movimiento armado o terrorista que se opusiera a gobiernos populares o ideológicamente afines a la Unión Soviética.

El entrenamiento y financiación de los muyahidines afganos que combatían la ocupación soviética de Afganistán fue otro ejemplo sobre cómo la Doctrina Reagan se aplicaba en Asia.

Ello produjo un incremento del fundamentalismo islámico, a pesar de que actualmente EEUU tache de terrorismo internacional a aquellos muyahidines financiados, armados y entrenados por Washington en el marco de la Doctrina Reagan. Unos años antes, la presidencia de Jimmy Carter también había prestado un importante apoyo a los opositores islamistas de la Unión Soviética que luchaban contra el gobierno pro soviético de Kabul.

En igual línea, Reagan había ganado las elecciones a finales de 1980 con la promesa de incrementar el gasto militar y enfrentarse a los soviéticos en cualquier lugar que fuese necesario. Esta estrategia, denominada de la ‘Contención’, además se arrogaba el derecho ilegítimo y unilateral de Estados Unidos para subvertir y derrocar los gobiernos izquierdistas democráticos existentes en cualquier parte del mundo.

Ya extinta la Guerra Fría, la Doctrina Reagan sigue teniendo nefastas repercusiones en nuestra región, pues los ataques a Venezuela y las maniobras desestabilizadoras internas (guerra económica, financiamiento de las guarimbas o grupos de terrorismo callejero, etc.) entroncan con los métodos terroristas que Reagan y sus asesores aplicaron en América Latina y en otras partes, allí donde hubiera un gobierno o movimiento popular que confrontase con el discurso único capitalista.

Para muchos, Reagan fue uno de los grandes presidentes estadounidenses. Sin embargo, este antiguo actor que hizo carrera en películas de clase B y en el sindicato de actores de Hollywood era un hombre de ideas simples y con carencias graves en política internacional y asuntos de seguridad.

Solía dormirse en reuniones claves donde era informado de crisis internacionales y desconocía por completo los principios más básicos de la geopolítica, además de poseer una cultura general demasiado escasa para lo que se pretendería de un presidente de una nación hegemónica. En su muy recomendable libro Historia No Oficial de Estados Unidos, el cineasta Oliver Stone, en coautoría con Peter Kuznick, cuenta una ilustrativa anécdota del presidente-cowboy Ronald Reagan. Tras volver de una gira por Latinoamérica a finales de 1982 —cuenta Stone— el Presidente comentó a los periodistas: “Pues he aprendido mucho (…) Les sorprenderá, pero se trata de varios países distintos”.