¿Por qué hubo dictaduras militares en América Latina? II

Por Alejo Brignole

En la edición anterior hicimos una breve sinopsis sobre las motivaciones estratégicas y contextuales que desembocaron el fenómeno masivo de las dictaduras militares surgidas en las décadas de 1960, 70 y 80. Vimos el carácter programático de estos procesos y el origen del fenómeno: los diseños estadounidenses para el hemisferio.

En esta nota, en cambio, intentaremos ahondar en las metodologías complejas y complementarias que se aplicaron en ese marco. Es decir, las dictaduras como punto de apoyo y sostén de planificaciones políticas, económicas, jurídicas y geopolíticas.

Si bien Estados Unidos perpetró un gran número de intervenciones con golpes de Estado e invasiones directas con Marines en Centroamérica y el Caribe durante la primera mitad del siglo XX, no fue hasta después de la II Guerra Mundial cuando amplió y sistematizó ciertos mecanismos para la consolidación de su hegemonía. Una de estas medidas fue la creación en 1946 —apenas iniciada la posguerra— del Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad, posteriormente conocida como Escuela de las Américas. A partir de 1950, la institución cambió de nombre muchas veces debido a las críticas internacionales por su naturaleza promotora del terrorismo de Estado y de la tortura. Emplazada en la zona del Canal de Panamá hasta 1984, esta verdadera escuela de lesa humanidad actualmente funciona en territorio estadounidense.

Por sus aulas pasaron muchos oficiales de ejércitos sudamericanos y personajes tan oscuros como el peruano Vladimiro Montesinos, el cerebro genocida del gobierno de Fujimori en Perú. Sin olvidar a Manuel Contreras, jefe de la tenebrosa DINA chilena y responsable de los delitos de lesa humanidad durante la dictadura de Pinochet. Otros tendrían relevancia en los golpes de Estado o se convirtieron en presidentes de facto y dictadores en sus respectivos países. Hugo Banzer fue uno de ellos, lo mismo que los argentinos Jorge R. Videla o Leopoldo Galtieri. El dominicano Elías Wessin y Wessin, que derrocó al presidente Bosch en 1963. La lista incluye a otros muchos célebres golpistas y torturadores. Unos 60.000 oficiales se calcula que pasaron por la escuela estadounidense.

Lo interesante de señalar es que si Galtieri en Argentina o Manuel Noriega en Panamá gobernaron sus países, se debió a que fueron hombres seleccionados desde los inicios de sus carreras por Washington para cumplir la función de penetración y obediencia a sus intereses.

Ello deja de manifiesto una estructuración de largo plazo en las estrategias estadounidenses, que opera a veces con lustros o décadas de antelación. Genera instituciones, prepara a los hombres y por último ejecuta las políticas hegemónicas utilizando aquellos peones e instrumentos previamente dispuestos. Ésta es sin dudas una de las más destacables dinámicas políticas de Washington en los últimos 70 años. Un simple repaso por los nombres y los hechos en los ominosos años del genocidio latinoamericano remiten directa e ineludiblemente a la acción de la Escuela de las Américas y a los preceptos del Pentágono allí impartidos.

En un artículo publicado en 1999 en The Angeles Times, Robert Brophy, que ejerció como observador internacional en las elecciones presidenciales de El Salvador entre 1994 y 1997, escribió: “Es importante notar que la Escuela de las Américas es perniciosa no sólo por los actos cometidos por sus graduados en el pasado: golpes militares, escuadrones de la muerte, intentos de genocidio de poblaciones indígenas (…) Asesinatos, secuestros, extorsiones, (…) tortura y masacre de aldeas completas. La escuela es letal simplemente porque continúa enseñando técnicas que serán utilizadas no para defenderse de enemigos externos, sino contra sus propios pueblos, como queda demostrado diariamente en México y Colombia”.

De todos modos, la influencia y el aparataje ideológico de la Escuela de las Américas (que hoy sigue adoctrinando a la mayoría de los ejércitos regionales) fue apenas una arista de la gran estrategia desplegada con las dictaduras. Si bien el plan de exterminio transnacional, denominado Plan Cóndor —coordinado por el Pentágono— fue un aspecto principal, también lo fue el rediseño de nuestras economías, iniciándose un proceso privatizador y concentrador de la riqueza liderado por egresados de la Escuela de Chicago (véase la nota Los Chicago Boys, Alumnos del Imperialismo, en la edición del 2 de julio de 2017), seguido de un proceso desindustrializador (Argentina y Brasil fueron dos ejemplos drásticos).

Las dictaduras fueron también utilizadas como escalón descendente para que el FMI y el Banco Mundial introdujeran enormes flujos crediticios que incrementaron la deuda externa latinoamericana, utilizada en su mayoría para dos aspectos técnicamente odiosos desde cualquier perspectiva de desarrollo: la compra de armamentos (destinada a sostener las represión interna y una insensata pequeña carrera armamentista regional) y para nacionalizar buena parte de la deuda privada de grandes holdings nacionales y extranjeros, tal como sucedió en varios países.

En 1982, el economista argentino Domingo Cavallo fue nombrado Presidente del Banco Central por la dictadura. Durante su gestión emitió las comunicaciones A136 y A137 del BCRA y estatizó la deuda privada externa de empresas y grupos económicos que actuaban en el país, licuando de esta manera enormes pasivos en dólares contraídos en el exterior, lo que ocasionó un perjuicio al Estado argentino de 23.000 millones de dólares en apenas unos pocos meses. Esta maniobra técnica pasó a engrosar repentinamente la deuda externa nacional en un 50 por ciento para el beneficio de grupos económicos, como IBM, Citibank o Ford Motor Company, Renault, Banco Francés y Socma (Sociedades Macri), etc. Maniobras similares se efectuaron en Chile y Brasil.

Como vemos, a aquella arquitectura doctrinal que entrenaba genocidas y les aseguraba el camino hacia posiciones de poder en los distintos países se sumaba una ingeniería financiero-económica que ponía de rodillas los aparatos productivos y económicos de la región, haciéndola más permeable a la sujeción de Washington.

La realidad latinoamericana que hoy observamos y vivimos fue moldeada eficazmente por aquellos procesos, que además produjeron una sangría profunda de elementos sociales y políticos valiosos para generar cambios estructurales.

Los programas represivos con desapariciones masivas de personas, muchas de ellas arrojadas en vuelos militares en alta mar, o en fosas comunes que aún hoy se desconocen, formaron el puzzle siniestro que Washington y sus asesores elaboraron.

Y cuando la tarea estuvo concluida, nuestras economías devastadas y los genocidios cumplidos, una ola democrática bañó a toda la región. Se inició durante la presidencia de Jimmy Carter (1977-1981) y fue también una planificación estadounidense.

Las dictaduras fueron reemplazadas por distintos mecanismos supletorios, entre ellos la presión asfixiante del FMI y el predominio de unos políticos residuales que ya no debían competir con los segmentos revolucionarios oportunamente aniquilados. Pero como siempre existen sobrevivientes y ningún genocidio ha sido absolutamente eficaz en toda la historia humana, América Latina resurgió de sus cenizas y presentó, décadas más tarde, la gran batalla bolivariana que aún no ha concluido y no concluirá jamás.