Abismos y puentes para Venezuela

Por Alejo Brignole *

Los abismos, ya sabemos, exponen una ruptura, una brecha. Muchas veces el fin del camino. Los hay que irrumpen como un espacio desafiante que obliga a desandar la marcha, pero también a buscar otras alternativas. Las soluciones frente al dilema que presenta todo abismo a veces pueden ser mezquinas y hasta cobardes: buscar un atajo, regresar al punto de partida o renunciar al horizonte que se intuye más allá del precipicio.

Los abismos desafían al intelecto y al espíritu pues invitan a superaciones formidables para engendrar nuevos caminos si aceptamos el reto. Frente a las posibles grietas que toda realidad oportunamente nos presenta, salimos fortalecidos o bien convertidos en ruinas, en entidades pusilánimes que se dan por derrotadas antes de salvar el obstáculo. He aquí el valor pedagógico del abismo. Su función reveladora del espíritu humano.

Hoy América Latina (la verdadera, la que busca su continuidad independiente y su destino soberano) se halla frente a un abismo peligroso y muy negro, empujada cada vez más a una inquietante profundidad por las potencias sumergentes que desean ver caer al proyecto bolivariano en ese precipicio. Estados Unidos nos acorrala hacia la peligrosa orilla, en su afán de ver a la América de Bolívar con los huesos rotos y los puños muertos para que ya no presenten más pelea.

Y por si algún lector aún no lo advirtió, estamos hablando de Venezuela y de su encrucijada. De su crisis interna fabricada por una potencia enemiga que busca borrar del mapa al proyecto más ambicioso y genuino que dio Nuestra América en el siglo XXI. Y por si alguien tampoco lo advirtió, la caída de Venezuela será el fin de una gesta que esperó 200 años para desencadenarse y que ahora vemos debilitarse día a día por la acción del hegemón más terrible que registró la historia universal.

El acoso al gobierno de Nicolás Maduro es el abismo y la defensa de su proyecto es el puente. Un puente que debemos construir demostrando que aceptamos el desafío para continuar la marcha hacia ese horizonte martiano, chavista, evista y fideliano.

En los últimos años, el hegemón volteó uno a uno los baluartes construidos con esfuerzo y sufrimiento: Ecuador, Honduras, Paraguay, Argentina y Brasil. Hoy apenas quedan la irreductible Cuba, Nicaragua, acaso Uruguay, y por supuesto Bolivia, probablemente la nación más saludable y económicamente fortalecida del continente. Venezuela no cuenta porque es la nación a la que debemos auxiliar. Es un pilar, sin dudas, pero hoy necesita nuestras manos e ideas para no ser empujada al abismo, y con ella a sus naciones hermanas en la contienda.

Durante semanas lo hemos visto casi todo en el ansia internacional de destruir al Gobierno socialista venezolano. Vimos y escuchamos a un Secretario de Estado norteamericano incitando a un golpe militar interno.

Vimos a presidentes (Macri, Santos, Peña Nieto, etc.) alinearse con Washington para incrementar las sanciones a una nación artificialmente exhausta. Vimos que por una simple orden imperial se desecharon dos años de conversaciones entre el gobierno de Maduro y una oposición cretina (en su acepción médica, que indica baja estatura y ausente de desarrollo).

Los diálogos de Santo Domingo, en los que la oposición y el oficialismo venezolanos —con mediadores internacionales— habían alcanzado un elevado nivel de acuerdos en todos los puntos, repentinamente fueron soslayados. Algo que sorprendió incluso a los participantes extranjeros, como al expresidente socialista español Rodríguez Zapatero.

Los acuerdos iban destinados a que las próximas elecciones venezolanas no dejaran sombras de dudas sobre su legitimidad (algo que por otra parte no tenía fundamentos fácticos). Los procesos electorales de Venezuela ya habían sido elogiados numerosas veces por veedores imparciales, como el Centro Carter de Estados Unidos.

No obstante ello, el oficialismo del PSUV se avino a dialogar para evitar cualquier interpretación tendenciosa de los mecanismos electorales de la Revolución Bolivariana. Todo ese largo trabajo de consensos democráticos, de reuniones interminables y de búsquedas de entendimiento, fue salvajemente abortado por una orden directa del Departamento de Estado y de su titular, el petrolero Rex Tillerson. 

Los demócratas del norte no desean la democracia en Venezuela. No quieren acuerdo entre las partes. No respetan la autodeterminación de toda una sociedad. Quieren apenas sus yacimientos de petróleo y que el mundo olvide una experimentación socialista que será el ejemplo a seguir en unas pocas décadas más, cuando el mundo comience un colapso indisimulable por obra del capitalismo. 

Ante este panorama, que incluye tropas estadounidenses y colombianas peligrosamente alistadas en la frontera venezolana y en el cual ya hay amenazas explícitas de intervención, de golpe militar avalado —una vez más— por Estados Unidos, y en donde se exponen sin disimulos las intenciones de una potencia carente de ética jurídica internacional… ¿Qué medidas efectivas tomaremos?

Ante la perspectiva inadmisible de un retorno al colonialismo interamericano… ¿Qué estamos dispuestos a hacer? 

La crisis política venezolana, igual que un abismo bajo nuestros pies, nos interpela a todos. A Bolivia, a Nicaragua, a Cuba, y nos pregunta hasta dónde estamos dispuestos a llegar para fabricar un puente que permita a Venezuela continuar su marcha.

Podemos acudir a los instrumentos que nos legara Hugo Chávez y el sistema bolivariano de la primera década de este siglo (la Unasur, el Parlamento Suramericano, la Celac, etc). Pero ante el silencioso secuestro de estas instituciones por una oleada neoliberal que las reduce operativamente, habrá que responder de manera unilateral o coordinada desde otros márgenes no institucionales. Es decir, si no pensamos y actuamos de manera internacionalista, todo habrá sido en vano. Chávez y Fidel, Allende o el Che habrán vivido, luchado y muerto tal vez en vano.

La defensa de Venezuela no es un problema diplomático solamente. Debe ser un ejercicio de madurez. Un salto freudiano que nos obligue a romper unas reglas opresivas impuestas por un poder omnímodo.

Y ese salto habrá que hacerlo en la paz, si quieren la paz, o con la fuerza de ejércitos mancomunados si se imponen las armas. Mirar este conflicto entre un Goliat loco y aberrante frente a un pastor empobrecido que defiende a su pueblo no debería ser jamás un ejercicio pasivo ni sus herramientas un conjunto de retóricas.

Si el sistema diplomático interamericano vulnera una vez más la autodeterminación venezolana (y con ella la de cualquier país contrario a Washington), habrá que impugnar a la OEA, a la misma ONU, tomando severas medidas de protesta diplomática que incluya retiros pro témpore de estos organismos.

Y si se produce una invasión por fuera de todo marco jurídico internacional y América Latina permanece quietamente frustrada, significa que aún no estamos preparados para prevalecer. Los poderes estatales que hoy claramente confrontan con el hegemón tienen, por tanto, un rol ineludible frente a este abismo. No para tomar atajos, sino para construir el puente definitivo hacia un siglo XXI que será, ni más ni menos, tal como nosotros lo construyamos hoy.

* Escritor y periodista