El aire de los apus

Aitor Arjol

Aitor Arjol*

Los vencejos o apus apus, al igual que las golondrinas, son paisanos de los cielos. Apiñados en los aleros de las casas o en la loma vertical de cobertizos y patios ruinosos. 
El hombre, en algunas geografías, les redujo a representar el mal agüero por antonomasia debido al filo de guadaña de sus alas extendidas, cuando en verdad simbolizan el espíritu de la lenta sabiduría en las plumas de un vencejo antecesor, solitario y enamorado de la luna. Son capaces de vivir en lugares tan dispares como los Andes y las chimeneas. O vivir sobrevolando, sin pisar tierra o amerizar, durante más de un año.
 A la ves que viven en los aposentos del cielo sin percatarse de que la fuerza de la gravedad nos impulsa a estar pegados a la tierra ¿Qué impulsó a los vencejos a vivir, alimentarse y procrear en el aire? Les empujó la contracorriente. El mundo al revés. A pesar de su aparente fragilidad siempre hubo un vínculo impenetrable entre los vencejos del infinito, el aire que los eleva y la tierra que los protege. La tierra les brindó el conocimiento de las paredes, escondrijos y rugosidad de los árboles; el aire, el impulso necesario para alejarse de la vaguedad de la superficie y hacerse astrónomos.
 Todo comenzó con un joven vencejo vinculado a la soledad y lentitud como yo. Un vencejo soñador que veía trazas de belleza mucho más allá de los terrenos donde las brisas adolescentes jugaban con sus compañeros y él, recién salidos del nido. 
Juegos propios de su tierna apetencia por la vida y espejo de las futuras responsabilidades que les esperaban: alimentarse, discernir la nueva estación y emigrar al trópico cuando otros vientos más hoscos y longevos penetraban por poniente. 
Por las tardes era común que vencejillos y brisas se enseñaran a volar o levantar nubes de polvo para practicar el escondite entre ellos. Al término de la jornada, cuando el sol caía, todos volvían a sus atarazanas de adobe. Todos menos uno, menudo y singular que, ajeno a toda circunstancia, gastaba el crepúsculo en contemplar los entresijos del firmamento. Luces que tiritan. Horizontes alumbrados por la oscuridad. Una esfera blanca y cargada de harina.
 Todas las noches y los días que se sucedían, preguntándose él mismo, y también a sus compañeros, al aire y a la tierra. 
Nadie supo o, mejor dicho, quiso ofrecerle una respuesta, salvo un generalizado ándate y no seas loco”. Incluso el aire más veterano, haciéndose eco de las inquietudes del pajarillo, había tratado de abrirle los ojos diciéndole que se trataba de una simple luna, “una obra caprichosa del cielo que es mejor no mirarla porque te convierte en un soñador”.
 Tales advertencias por parte del decano de los vientos no impidieron que el joven vencejo cejase en su empeño por descubrir la naturaleza de la esfera oronda, que a ratos menguaba o crecía. No concebía que la luna fuera un astro impracticable y carente de sentido, así que ideó un plan para poner en práctica su particular locura: deslizarse de la mano del aire y volar hasta la luna, la primera noche que apareciera tan esbelta como la flor de una granadilla.
Así que llegado aquel momento en que el cielo estaba raso y la luna en todo su esplendor, el vencejo se acomodó en el hito más apropiado que encontró: un chopo añejo, en el borde del talud del canal. Se precipitó al vacío y entonces el aire sopló con todas sus fuerzas. El vencejo batió las alas enérgicamente y empezó a ascender, veloz y seguro de sí mismo. Subió sus ojillos y la cola ahorquillada apuntó a su soñado astro, al que se iba acercando, hasta que el aire le perdió de vista y el ave se convirtió en una sombra de vencejo delante de la luna.
 El aire se arrepintió del soplo en cuanto transcurrieron las horas sin que avistara al vencejo. No fue más que un espejismo porque con los primeros rayos del alba el vencejo regresó, despertando a toda la comunidad, con sus chillidos y gorjeos. Había conocido la luna. 
Era un satélite que gravitaba alrededor de donde ellos vivían. Hacía adelgazar al mar a su antojo. Fabricaba olas. Y antes de que nadie osara levantar el pico se quedaron perplejos cuando vieron cómo las alas del vencejo, al extenderse, dibujaban el semblante de una media luna. 
Desde aquel día, nadie volvió a dudar del espíritu soñador del vencejo, y en señal de respeto tomaron la costumbre de reunirse diariamente durante los crepúsculos para dejar que el aire les elevara y acompañarle en las alturas. La luna también puso de su parte, ya que un grupo de estrellas se instaló, en forma de vencejo, en alguna parte del cielo, limítrofe con el hemisferio sur: la constelación de apus.

*Escritor español