La Feria 16 de julio es vista con otros ojos

Foto: Cambio
Un sector de la tradicional feria que cada año se expande más en la ciudad de El Alto.

Prensa Latina/ Viviana Díaz Frías

A más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar se alza la ciudad de El Alto, ubicada en el departamento boliviano de La Paz, famosa entre otras razones por la feria 16 de Julio, el mercado popular más grande de Sudamérica.

Esta urbe es conocida además por otras razones, como las entradas folklóricas en honor a la Virgen del Carmen y una peculiar arquitectura marcada por edificaciones de diseños llamativos, como los cholets.

Cada jueves y domingo, más de 400 cuadras son ocupadas por comerciantes con diversos productos, entre los que se puede encontrar desde un alfiler hasta un auto.

Algunos especialistas plantean que esta feria tuvo sus orígenes durante la Guerra del Chaco (1932-1935) con la migración campesina y minera, aunque los antecedentes del espacio comercial tal y como se conoce hoy se remonta a la década de 1960.

En aquella época sólo existían alrededor de 50 vendedores, los cuales también practicaban el trueque y comercializaban productos agrícolas para poder subsistir a las crisis económicas de antaño.

De hecho, en algunos sectores de la feria se mantiene aún este tipo de intercambio, evidenciado en las zonas donde los migrantes de provincias y algunos campesinos se asientan para mercadear sus animales, como ovejas, cerdos y burros, entre otros.

El sociólogo boliviano Simón Yampara, en su texto Cosmovisión indígena y el qhathu de la 16 de Julio de la ciudad de El Alto, señala que esta feria se desenvuelve en un ambiente con “matices de la reciprocidad y la solidaridad entre los actores participantes en medio de una nube de economía de mercado”.

Yampara también vincula ciertos fenómenos que se manifiestan en la feria a la cultura andina.

Entre ellos menciona el orden y desorden en la exposición de la mercancía. Es decir que la venta de algún producto principal se complementa con otros accesorios relacionados.

Interviene además una serie de servicios complementarios, como expendio de comidas, helados, refrescos y hasta cervezas para la ch’alla (bendición aymara) de las transacciones de compra y venta.

Eso tiene contradicciones de lógicas: una cosa es el orden occidental y otra el orden andino, que se guía más por complementaciones interactivas, apunta Yampara.

Hoy este espacio alberga a más de 10 mil comerciantes ubicados en un área que sobrepasa los 45 mil metros cuadrados, aproximadamente. Esta feria no sólo se extendió en términos geográficos, sino también temporales.

Anteriormente sólo se vendía en las mañanas, pero en la actualidad las actividades comerciales comienzan en la madrugada y pueden prolongarse hasta las 19.00, por lo que su duración supera las 12 horas.

A ello se suma la apertura de las tiendas de manera permanente, pues su funcionamiento no se reduce sólo a los días de feria, sino que continúa toda la semana.

Según datos de la Cámara de Industria de El Alto, el promedio de visitantes es de 23 mil personas cada cuatro horas. Muchos de estos atraviesan la ciudad de La Paz ya sea en transporte propio o por la línea Roja del Teleférico. También se registra la visita de extranjeros de países aledaños seducidos por los atractivos precios de este espacio comercial.

Con el paso del tiempo, esta feria se organizó geográficamente por sectores, en dependencia del tipo de mercancía que se ofrece, una variedad inimaginable de productos cuyos precios comienzan en un boliviano.

También intervienen en el poder atrayente de esta feria el paisaje colorido de las carpas y la musicalidad de los pregones de sus vendedores anunciando aquello que, quizás, podría ser del interés de algún transeúnte.

La feria 16 de julio, más que un espacio comercial, es sin dudas parte indisoluble de la cotidianidad paceña y de la herencia indígena y campesina del boliviano.