Titivillus, el demonio de los errores ortográficos

Homero Carvalho Oliva*

Hace un par de semanas, durante la presentación del poemario de Jackeline Rojas Heredia, el editor Alejandro Ibáñez, de Gente de Blanco, nos obsequió separadores de páginas en los que se destacaba la figura de un demonio cargando unos libros y nos explicó que se trataba de Titivillus (también conocido como Tutivillus), un pequeño y travieso diablillo que, en la Edad Media, era el causante de los errores ortográficos que cometían los monjes escribas y copistas. 
Al escucharlo tuve la explicación a la excusa del duendecillo de la computadora, al que acusamos cuando alguna palabra aparece mal escrita en uno de nuestros documentos Word, el diablillo se ha modernizado y se ha colado a los software.
Me interesó tanto el enviado de Lucifer que investigué en la web y encontré muchísimas referencias de él, la más antigua se la encuentra en el Tratado de la penitencia, escrito por Juan de Gales, en el año del señor de 1285. 
No solamente era el culpable de las faltas de ortografía, de manchas en los pergaminos o de que se omitieran letras o sílabas en algunas palabras, también lo era de la distracción en los servicios religiosos, de la mala pronunciación, de las charlas sin sentido, de los chismes y de la tartamudez (¡oh, Dios mío!), he aquí mi demonio, me dije, si lo hubiera sabido de niño le hubiera pedido a un párroco que lo exorcice y así no hubiera sufrido las burlas de los otros niños; ahora que tengo más de sesenta años me he acostumbrado a vivir con él y cuando no tartamudeo siento que no soy yo el que está hablando, que es el otro, ése que vive conmigo y se aprovecha de mi literatura y de mi ingenuidad. 
La investigadora Margaret Jennings, en su artículo Tutivillus: The Literary Career of the Recording Demon (Estudios de Filología 74, no. 5, diciembre de 1977), narra esta indiscreta historia sobre un indisciplinado clérigo: “Un diácono que rompe a reír en la iglesia durante el servicio es reprochado por su sacerdote. El diácono se defiende diciendo que durante el servicio había visto a un demonio escribiendo en un pergamino las palabras ociosas de algunos de los miembros de la congregación. 
El demonio llenaba rápidamente el pergamino, y para hacer más espacio en él, tiraba de la parte superior con los dientes. 
Al final el pergamino estaba tan sobrecargado (con tantas palabras ociosas y murmuraciones) que lo arrancó, y el demonio fue lanzado hacia atrás cayendo sobre su espalda y haciendo reír al diácono. El sacerdote, vivamente impresionado por la historia, se la transmitió más tarde a la congregación para que se diesen cuenta de que su cháchara durante el servicio sería anotada en contra de ellos para el día del juicio final porque en algún lugar en medio de ellos está el demonio observando y anotando las oraciones que, por su negligencia, se la roban a Dios”.

“La Biblia malvada”
Sin embargo, el Titivillus no solamente hizo esas tonterías, también hizo cosas muy serias que ocasionaron grandes perjuicios a la Iglesia Católica, como la de comerse una palabra de una sílaba en uno de los diez mandamientos. El escritor Héctor Fuentes nos cuenta que “uno de los mayores éxitos del truhan demoníaco se produjo en 1631, cuando los impresores londinenses Robert Barker y Martin Lucas distribuyeron una copia de la Biblia del Rey Jacobo en la que se olvidaron incluir la palabra ‘no’ en el séptimo mandamiento. 
Así, en la conocida desde entonces como ‘Biblia malvada’, se animaba a los devotos al desenfreno sexual con un “Cometerás adulterio”. 
El monarca británico condenó a los editores a pagar una multa de 300 libras, ordenando la destrucción de todas las copias”. Imagínense nomás un error de esos en la Constitución Política del Estado o en alguno de los códigos, seguramente que los diputados y senadores tendrán que recurrir a Titivillus para explicar su error y tendrán que ir de rodillas hasta la Mamita de Copacabana para pedir perdón por sus pecados, además de hacer penitencia para que nunca más vuelva a ocurrir. 
Para evitar esos errores, que siempre los cometemos, es bueno que los escritores tengamos a mano un buen editor que nos corrija lo que Titivillus ocasionó.

*Escritor, poeta y gestor cultural