La muerte y las elegías

Aitor Arjol

Aitor Arjol*

La muerte duele. Golpea en la mayor debilidad del hombre: sus ansias de volar. Lo comprendo al considerar la conciencia como uno de los mayores logros de la evolución humana, la que también nos ha llevado por los derroteros de la estupidez globalizada.
Entiendo que se vayan los seres queridos o que circunstancias de las que somos responsables —pero no causantes— nos los arranquen y arrebaten. Quedan fuera de nuestra capacidad de control o prevención.
Vivir de por sí es un gran riesgo, dependiendo del lugar donde el azar nos dé a luz. Debemos considerarlo como un privilegio si nacemos rodeados de las mayores comodidades y con las necesidades básicas satisfechas en un entorno teóricamente saludable, ‘civilizado’ y sujeto a los cánones del estado del bienestar. Pero casi nunca es así, y tal argumento debería bastar por sí mismo para convivir con los pies en la tierra.
Si la muerte duele en la conciencia, imagínense de qué forma se refleja en una creación artística, donde cada quien trasponga y refleje ese dolor inaudito. En una escultura. En un lienzo. En un exilio. En una novela. En un poema. La poesía como género literario siempre se ha ocupado de la muerte como exaltación, respuesta, pretexto, tragedia, liberación o consuelo. Durante el barroco, la muerte constituía un camino inexorable del cual no podía escapar nadie, al que nos dirigíamos por un sendero decadente y gris. Por el contrario, en el Romanticismo gozaba de una presunción de gloria, inmortalidad, liberación y desacato. Actualmente, la muerte parece que no nos importa. No vale nada. La despreciamos en nombre del más absoluto de los individualismos. Ha perdido su formalidad y respeto. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Que dios nos libre de la muerte más que de la vida. Somos mientras tenemos alguna utilidad social, casi siempre ligada a lo productivo. Ha quedado reducida al ámbito más íntimo y familiar. Más allá de eso la muerte se revela como un ejercicio de hipocresía, en la medida en que los homenajes al muerto se suceden una vez que estira la pierna y en consonancia con el interés creado en cada aniversario. Cuando los homenajes dejan de ser útiles, al muerto tampoco le recuerdan.
También hay muertos de primera, segunda, tercera y sucesivas categorías que no se fundamentan tanto en lo cualitativo, sino que varían en función de sórdidas y pacatas estadísticas. Muertos que importan y que no, para mayor vergüenza.
Así que nos queda el consuelo de nuestros propios muertos. Cada quien tiene los suyos, en los que sensibilizarse de la pérdida física y aún espiritual. Entre tanta arbitrariedad y desorden sólo cabe una solidaridad: importan los muertos que han sido vivos buenos. Aquellos con los que la vida ha sido breve o ha dejado partir demasiado temprano. Importan aquellos que desaparecieron por la maldita culpa del hombre que se mata el uno al otro, esa maldición de Caín contra Abel. Importan los anónimos, los desheredados, los desterrados, los asesinados, los bondadosos y un aterrador e infinito logaritmo de muertos que sería incapaz de abarcar por las propias limitaciones físicas y psíquicas. Cuando un poeta se expresa sobre la muerte de un ser querido entra un respeto tan sepulcral y solemne como cuando se abre la puerta de un espacio vacío e ignoramos qué hay dentro. Las elegías vienen a ocupar ese espacio ausente. Muchos poetas de todas las épocas se han ocupado en ellas de la muerte como la digna evocación del ser ausente. Son algunas de las composiciones poéticas más rotundas, bellas y duras a ojos y corazón del lector. De todas ellas cabe recordar algunos fragmentos por la ejemplaridad y pureza de sus emociones:
La elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández.
“No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida”. 
El llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca:
“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura. Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos”.
A don Francisco Giner de los Ríos, por Antonio Machado:
“Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara, diciéndonos: Hacedme un duelo de labores y esperanzas. Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que ha vivido”. 
Elegía interrumpida, de Octavio Paz.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. Al primer muerto nunca lo olvidamos, aunque muera de rayo, tan aprisa que no alcance la cama ni los óleos. Oigo el bastón que duda en un peldaño, el cuerpo que se afianza en un suspiro, la puerta que se abre, el muerto que entra. De una puerta a morir hay poco espacio y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora y enterarse: las ocho y cuarto.

*Escritor español radicado en Ecuador