El manifiesto liminar de 1918

Espacio de Formación Política

Por Alejo Brignole

No hace falta señalar aquí que uno de los sillares de toda dominación, de todo diseño social o cultural, es la educación, pues es allí donde se fragua el molde del individuo futuro que se proyectará colectivamente en sociedad. Formar al individuo es, por tanto, una forma de diseñar la sociedad y orientar la propia cultura. Esto lo han entendido muy bien las clases dominantes de todos los tiempos, pero también los hombres y los procesos revolucionarios que alentaron reformas educativas como condición vertebral para toda trasformación duradera.

Dentro de este análisis, la universidad ha sido casi siempre el eje, ya que en ella se forman las ideas y los hombres con potencias para el cambio. No en vano fue el protagonismo universitario el que apuntaló las revoluciones de 1848 en toda Europa, el mayo francés de 1968, o el nacionalismo revolucionario de 1952 en Bolivia, por citar algunos.

Por esta misma razón, las dictaduras de todos los continentes en el siglo XX vieron en los claustros universitarios un peligroso espacio de disenso y un semillero de opositores a los que se debía que neutralizar de una u otra manera. El control político universitario y de sus contenidos académicos fue siempre medular en la filosofía del poder, el cual no pocas veces ha intentado a sangre y fuego dominar los estamentos universitarios. Recordemos si no la matanza de Tlatelolco, en México en 1968, cuyo antecedente fue la masacre de 1942, cuando el Ejército mexicano intervino en el Instituto Politécnico Nacional, en el Distrito Federal.

También la llamada Noche de los Bastones Largos, ocurrida en Buenos Aires el 29 de julio de 1966, cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía decidió intervenir las universidades nacionales y sustituir sus formas de Gobierno académico. En la feroz represión, llevada a cabo en cinco facultades de la UBA, fueron desalojados brutalmente estudiantes, profesores, decanos y catedráticos. Se destruyeron laboratorios de investigación, se arrasaron sus bibliotecas y se desintegró el cuerpo docente, que en los meses siguientes fue perseguido y obligado a exiliarse bajo peligro de muerte.

Estas represiones, matanzas y persecuciones a la cátedra, quizás sean la mejor muestra del papel dinámico que la universidad juega en la transformación social. De allí la necesidad de su control para todo gobierno autoritario o conservador.

Teniendo conciencia del rol fundamental que tiene la universidad en la construcción social, en 1918 surgió en Argentina un movimiento que estaría destinado a propagarse como un virus benefactor por todo el continente: la reforma universitaria.

La inició en la Universidad de Córdoba —capital de la provincia homónima de Argentina— un dirigente estudiantil y activista llamado Deodoro Roca, quien sentó las bases para una nueva forma de relaciones académicas, pero también sociales.

El joven Roca entendió la necesidad de acercar los claustros universitarios al pueblo y poner fin a un aislamiento elitista, que generaba castas ilustradas para la dominación y no para el crecimiento colectivo. Seguido por otros estudiantes igualmente combativos y con las mismas convicciones, Roca redactó el famoso Manifiesto Liminar, cuyas primeras palabras son: “La Juventud Argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica. Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

El movimiento de 1918 surge precisamente en la Universidad de Córdoba porque ese centro educativo, fundado por la Compañía de Jesús —los jesuitas— en tiempos de la colonia, imponía un sistema clerical y elitista de perfiles hispanizantes culturalmente retrógrados y desfasado de las tendencias universitarias, que ya comenzaban a perfilarse en otras partes del mundo. La masiva inmigración europea que llegó a la Argentina a finales del siglo XIX y a principios del XX invadió los ámbitos de la educación superior con jóvenes que miraban con rechazo y desdén la vieja matriz española, oscurantista y de pésima urdiembre científica.

El Manifiesto Liminar introdujo nuevas expectativas para la labor universitaria, entendida como el motor fundamental de una sociedad abierta, con inclusión popular y democrática.

Este movimiento claramente revolucionario abogaba, entre otros puntos, por un cogobierno estudiantil y por una autonomía política de la universidad, que alcanzara lo docente y lo administrativo. También la implantación de cátedras paralelas para impartir cursos optativos sin la exclusividad del profesor catedrático, que daría a los estudiantes la oportunidad de elegir entre clases diferenciadas, lo que aseguraría una enseñanza ideológicamente plural. Este punto rompía la labor hegemónica de la universidad, que hasta entonces proporcionaba visiones monolíticas de la realidad, generalmente funcionales a las élites.

La reforma también incluyó la libre asistencia a las clases y la instauración de mecanismos democráticos para la selección del cuerpo docente, a través de concursos públicos (algo que hasta entonces se hacía por pertenencia de clase, nepotismo o relaciones sociales).

La Reforma se extendió rápidamente hacia las otras universidades argentinas: en Buenos Aires, La Plata y Tucumán, y más tarde por toda América Latina. En Perú, el dirigente estudiantil Víctor Raúl Haya de la Torre —más tarde protagonista de la política peruana en el siglo XX y fundador del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA)—, dio un fuerte impulso regional a todo el movimiento, que produjo sucesivas reformas universitarias en Perú, en 1919; en Chile, con la reforma de 1920; y en Bolivia, en 1928, por citar algunas.

Gracias a sus logros, el movimiento reformista ubicó definitivamente a la universidad como plataforma de despegue y base constructiva para nuestro derrotero latinoamericano, volcado a ser laboratorio de ensayo en la construcción de otra historia regional liberada y descolonizada.

Sobre la Reforma Universitaria y sus problemáticas afines, véase de: Gabriel del Mazo, La Reforma Universitaria - La Plata, 1941. De José Ingenieros, La Universidad del Porvenir - Buenos Aires, 1920. Alfredo Palacios, La Universidad Nueva - Buenos Aires, 1925. Gregorio Bermann, Juventudes de América - Córdoba, 1945. Julio V. González, La Revolución Universitaria - Buenos Aires, 1922. Germán Arciniegas, Hacia la Universidad Nacional. Víctor Raúl Haya de la Torre, La Reforma Universitaria - 1928. José Carlos Mariátegui, La Reforma Universitaria, Revista Amauta - Lima, 1928. Francisco Giner de los Ríos, La Universidad Española, La Lectura - Madrid, 1915. Luis Cifuentes Seves, La Reforma Universitaria en Chile (1967-1973) Editorial USACh - Santiago, 1997.