Francisco Cajías, un homenaje para su ausencia…

Luis Mérida Coímbra (*)

Nació en la Roma imperial en 1951.  Desde su tierna edad encendió el fuego de la rebeldía que luego se convirtió en inmensa hoguera contra la tiranía. Tuvo que huir de su colegio, de su país y marcharse a la ciudad de Buenos Aires, donde estudio fotografía y protegió su vida contra el monstruo de la dictadura banzerista.
Fotógrafo desde que los dioses lo trajeron con su sonajera roja a esta viña de Bolivia. Le gustaba fotografiar las contiendas y las cotidianidades. Caminar las calles con su máquina de fotos, su melena a cuestas, sus grandes bigotes y su chiva mosquito.
Todo lo confundía con la fábula, con la leyenda, con el mito. Todo lo explicaba en metáforas vivientes y con su ardiente vocación de creer que la poesía estaba en las calles, en el taller, en los bares. Toda su memoria era un recurso desesperado de la vida para escapar de la muerte.
Dedicó lo mejor de sí a componer y a desestructurar lo real, su afán era perderse más allá del mundo tangible, oscuro, objetivo y hacer con su fuego interno una fecunda tierra creativa, una factoría espirituosa; su conciencia era baudeleriana: “conciencia del pecado, conciencia de la lucidez, conciencia de la embriaguez, reflexión del vértigo, conciencia de la existencia”. 
Su mirada no reclamaba nada, hervía de alegría, fijaba la duración fotografiando la existencia más allá de lo real posible, buscando la intangibilidad maravillosa. Guardaba el secreto entre sus bigotes, que luego estallaban en solemne risa. Trabajaba sin horario las 24 horas que le resultaban pequeñas, se lo veía en transdias y trasnoches haciendo lo que más amaba: la imagen, la figura representada, su semejanza y su apariencia. La reproducción del cuerpo en bella combinación de luces, sombras y palabras.
Existimos juntos conversando de la imagen, de lo sonoro, de la fotografía, de la literatura. Detrás de sus grandes bigotes habitaba la ternura, la solidaridad, el entendimiento, la armonía de un ser insuflado por la angustia existencial, por el problema del otro,  por el compromiso con la historia, por el drama metafísico del tiempo y la nada.
Tenía mirada infantil y madura, mente despierta y ágil, manos de constructor, ojos con humus poéticos. Era un creador en perpetuo trabajo. Su fluir era vivo. Era un vencedor, un apasionado. Póstumamente se editó un libro con su guión literario para largometraje de ficción, su ensayo académico, Prisión y muerte de Atahualpa: Una tragedia de equivocaciones. El 2000 ganó  el Premio Nacional de cuento Franz Tamayo, con Delfín del Mundo, en la categoría cuento.

Festival de Cine y Video
En 1991, Premio Coral, en el Festival de Cine y Video de la Habana, Cuba, con su video Por las vidas que vendrán, junto con Néstor Agramont. Y le llegó la  hora señalada a Pancho, habían quedado atrás los alacranes, los murciélagos, las mariposas, los festejos y los insomnios,  murió en su ciudad amada de La Paz, era febrero, antes de los carnavales de 2009.
Formó,  junto con otros personajes de La Paz, el Colectivo de Comunicación Antara, allá por los años 80; fue gestor del crecimiento del Nuevo cine y video boliviano. Un aleluya fervoroso le rendimos al amigo esencial.

(*) Cineasta y Escritor