El canto, un don que permite a no videntes hacer frente a la vida  

Foto: Carlos Barrios
Simona González y José Castro en plena actuación.

Por: Fernando del Carpio Z.

Personas ciegas de nacimiento o que perdieron la vista se dedican a cantar y de esta manera llevar el pan a sus hogares. 

La presencia de cantantes en las principales calles del centro de La Paz rompe la monotonía. Más allá de su repertorio, en general canciones del recuerdo, llama la atención un factor común entre estos artistas callejeros: son personas ciegas que hacen gala de sus voces para obtener la colaboración de los transeuntes, a través de una moneda. 

Los intérpretes hacen gala de un impresionante timbre de voz y son acompañados por algún instrumento, especialmente guitarra, y en otros casos por equipos donde están grabadas las pistas de los temas que cantan.

Comienzan la jornada a media mañana, casi a las 10.00, y algunos se quedan hasta el atardecer, interpretando canciones del acervo boliviano y también de artistas latinos como Galy Galiano, José José, Django y José Luis Perales. 

Debido a la discapacidad visual que tienen, estas personas encontraron en el canto un medio para obtener recursos económicos y sostener económicamente a sus familias. 

El favor de su ocasional audiencia, entre niños, adultos y turistas, que depositan dinero, especialmente monedas, en los vasos e incluso pequeños baldes que colocan con ese propósito, les permite sostenerse además que exhiben sus dotes artísticas.

Admiten que el cantar es la única forma que tienen para sobrevivir, puesto que por su condición las fuentes de empleo les están vedadas.   
 
De ofrecer loterías al canto  

Simona González, orureña de 63 años y ciega de nacimiento, junto a su esposo, José Castro, yungueño de 76 años, que perdió la vista por una úlcera en los ojos, hacen música en la calle Comercio casi esquina plaza Murillo.

Él acompaña a la fémina con la guitarra y ella canta una variedad de temas, especialmente boleros y valses peruanos, además de música nacional, sobre todo cuecas.

La pareja se dedica a esta actividad hace más de 12 años, ya que antes vendían Lotería, pero ante la caída en las ventas y el robo de billetes del que eran objeto, optaron por la música.

Viven hace 26 años en El Alto, en la zona Kiswaras, donde la Misión Alianza Noruega les ayudó a construir su casa, que consta de un cuarto, sus dependencias y un pequeño patio. La pareja tiene seis hijos y seis nietos, quienes no viven con ellos.  

Los martes, jueves, sábado y domingo, de 10.00 a 16.00, se ubican en el lugar de siempre y agradecen a los dueños de los negocios donde se instalan porque les permiten desarrollar su actividad. Una de sus hijas vive en el centro paceño, y la pareja aprovecha para dejar su guitarra en su vivienda,  para que no se maltrate en el trajin de retorno a su casa. 

Prefieren no precisar la cantidad de dinero que recaudan, pero admiten que “alcanza, es mejor que la Lotería”.  

“Creen que porque no vemos no sabemos nada, pero estudiamos y conocemos el braille. No dejamos de escuchar radio”, dice José al indicar que en 1959 grabó un disco con el conjunto Illimani, en el sello discográfico Méndez.

Mientras que Simona recuerda que fue parte del coro Santa Cecilia y agradece porque “Dios me dio el don de cantar”. Hace unos años, en las fiestas julianas, recibieron un reconocimiento de la Alcaldía de La Paz porque “hacemos alegrar a la gente con nuestra música”.

Del Chapare a la Argentina

Andrés Claure Avendaño nació en el Chapare, Cochabamba, y cuenta que una conjuntivitis que lo aquejó a los cinco años, y la falta de tratamiento médico especializado hicieron que quede ciego.

Vivió muchos años en la Argentina, en Buenos Aires, y recuerda que iba al programa televisivo ‘Sábados Circulares’, que conducía Pipo Mancera, donde escuchó a cantantes como Hugo del Carril y Julio Sosa, considerado ‘El varón del tango’.

Andrés se arrepiente de no haber aprovechado su permanencia en el vecino país para “hacerse ver” con un especialista oftalmólogo, porque había la posibilidad de que acceda a un trasplante de córnea. Volvió al país y hace más de 30 años vive en La Paz, y en los últimos años en El Alto, desde donde baja diariamente para ubicarse en la calle Comercio casi esquina Genaro Sanjinés.

Lamentablemente, el lugar donde se ubica está al lado de una tienda de calzados que pone música a todo volumen. Pese a esa situación, él no deja de interpretar boleros, baladas románticas de Leo Dan y de Roberto Carlos, por ello la gente que pasa  no deja de apoyarle con algunas monedas. 

Andrés recuerda que hace unos años grabó un CD con ‘Los obreros de la música’, del que apenas le queda un ejemplar.

Antes vendía juguetes en el exmercado Lanza, pero prefiere dedicarse exclusivamente a cantar, y lo que percibe le alcanza para vivir con su compañera. Tiene dos hijos, de los que prefiere no hablar porque no tiene ninguna relación con ellos. 

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Trabaja como cantor y agradece la respuesta ciudadana 

“Solo pido a la gente que nos entienda, no es por molestar que cantamos, de qué otro modo podemos trabajar”, dice Efraín Soria, quien canta en la calle Potosí casi esquina Socabaya, en la puerta principal del Shoping Norte.

El hombre, de 52 años, nació en Caranavi, La Paz. A los cinco años perdió su ojo izquierdo debido a un accidente al estar jugando con fuegos artificiales o pirotécnicos. 

Tiempo después, a los 22 años, en una pelea, una pedrada en la cabeza hizo que perdiera el ojo derecho por desprendimiento de retina y glaucoma. Fue trasladado hasta la ciudad de La Paz y en esa época el doctor Javier Pescador, famoso oftalmólogo, le dijo que no se podía hacer nada.

Hasta antes de que pierda la vista, estudió hasta primero de secundaria y practicó fútbol como defensor,  jugó tres temporadas en las divisiones inferiores del club Bolívar, cuando el entrenador era Abdul Aramayo, y después en clubes de Caranavi.

Esos años también se dedicaba al baile, formaba parte de grupos de danzarines de morenada, kullawada y tinku, y siempre le gustó cantar.

Stronguista de corazón

Efraín es casado y tiene dos hijos, vive cerca de la plaza Riosinho y cuenta que hace 16 años trabaja como cantante. Comenzó cantando a capela (a voz en cuello) y ahora se acompaña con un parlante y las pistas de los temas que interpreta.

Ganó un festival de canto de ciegos en La Paz, pero en el certamen nacional, realizado en Oruro, no le fue bien porque le traicionaron los nervios.

De todas maneras se siente feliz por el trabajo que desarrolla, antes cantaba en el pasaje del entonces mercado Lanza, y hace unos años en la calle Potosí, de vez en cuando va por la avenida Camacho, reconoce que “hay mucha competencia”.

Interpreta piezas de Los Iracundos y se confiesa fanático de Eduardo Franco, el fallecido vocalista del conjunto uruguayo, así como de Leo Dan, pero su repertorio es diverso.

Es hincha de The Strongest y junto con sus hijos va a la curva sur, sigue el partido por radio y se suma al aliento de la hinchada. Cuenta que un día el jugador Pablo ‘Pájaro’ Escobar le sorprendió al invitarle a Achumani después de que lo vio en una fotografía en la tribuna alentando al Tigre.

Además, el 2015, una joven stronguista le regaló el Tigre de Oro, que le permitió ir a todos los partidos. Este año no tiene abono, pero no deja de asistir al estadio Hernando Siles para alentar al equipo de sus amores.