La divergencia constructiva

*Alejo Brignole

Los posicionamientos políticos internacionales, cuya naturaleza siempre es compleja y rica en matices, casi nunca resultan unidireccionales. Las comuniones ideológicas entre Estados o gobiernos afines a veces producen alianzas o conflictos inesperados.

Es decir, se plantean divergencias que llevan a tomar posiciones desencontradas o choque de intereses. Sin embargo, estas divergencias no tienen por qué mirarse bajo un prisma desalentador. También pueden —y deben— solucionarse por la vía constructiva, cuya principal herramienta y cimiento es el diálogo, los acuerdos y las negociaciones maduras.

El conflicto con Chile por el acceso boliviano al mar resulta una buena muestra de estas divergencias.

Para comprender mejor esta tesis podemos citar a la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, quien posee un historial de resistencia a los totalitarismos y es una probada defensora de la democracia participativa, siendo ella misma —y su padre, muerto durante la dictadura de Augusto Pinochet— una perseguida política.

Podríamos decir que la presidenta Bachelet se encuentra en una órbita cercana y tangente al actual Gobierno boliviano en cuanto a ciertos criterios humanistas de hacer política y de entender la democracia. Es decir, hay un plano de coincidencia que la une al actual Gobierno boliviano, también defensor a ultranza de los derechos civiles y de la vía soberana de los pueblos.

No obstante esta cercanía conceptual de lo que debe ser un gobierno al servicio de su ciudadanía, bajo la presidencia de Bachelet, Chile sigue actuando como un retén, como un muro granítico para que Bolivia no obtenga su salida oceánica. Salida estratégica que no solo engrandecería las perspectivas bolivianas, sino de todo el litoral Pacífico de nuestra región, puesto que pondría en juego a una Bolivia exportadora-importadora por mar, agilizando de esta manera las dinámicas comerciales de todos sus vecinos.

De forma análoga, muchas veces los gobiernos ideológicamente divergentes o con pocos o escasos parentescos doctrinales, pueden, en cambio, resultar aliados imponderables en una construcción regional, entendida como plataforma indispensable para la realización colectiva de nuestras naciones. Así, sucesivos gobiernos peruanos, como el de Alan García (2006-2011), o durante la presidencia de Ollanta Humala, que le sucedió hasta el 2016, han apoyado a Bolivia en sus reclamos territoriales, aunque en otros aspectos de las políticas regionales o internacionales presentaran posiciones divergentes y extrañas. 

El Tratado de Ilo celebrado por los gobiernos de Evo Morales y Alan García en 2010, donde Perú otorga a Bolivia un punto de atraque en el puerto de Ilo, a 870 kilómetros al sureste de Lima, y cede una zona franca industrial y económica especial para que pueda desarrollar diversas actividades económicas hasta el año 2109 (99 años), son un excelente ejemplo de esta divergencia constructiva, que no riñe de las diferencias, pero honra la complementariedad y la colaboración fraterna entre naciones que deben identificarse como parentales en casi todos los aspectos, incluso los estratégicos. 

Recordemos que durante su mandato, el expresidente Ollanta Humala respaldó sin fisuras la histórica exigencia de Bolivia durante una reunión bilateral realizada en Puno, a orillas del lago Titicaca, en junio de 2015. Pero tampoco debemos olvidar que la presidenta Michelle Bachelet reaccionó con dureza a ese respaldo peruano, suspendiendo una reunión con Humala prevista en Paracas (Perú), en el marco de la Cumbre de la Alianza del Pacífico, que iba a celebrarse días más tarde. Esto es una divergencia que no fue —o no se quiso— resolver de manera constructiva.

Ahora queda por corroborar si el nuevo presidente del Perú, Pedro Kuczynski, seguirá  la senda marcada por sus predecesores. Kuczynski, cuyo perfil personal no debe obviarse, estuvo casado con Jane Dudley Casey, hija de Joseph Edward Casey, quien fuera legislador del Congreso de Estados Unidos por Massachusetts. Actualmente, está casado en segundas nupcias con Nancy Ann Lange, una politóloga estadounidense.

El actual presidente de Perú es un hombre que trabajó durante  décadas en el seno de las élites corporativas internacionales (formado en universidades estadounidenses como Princeton, desarrolló una carrera laboral en el sector minero en África Occidental y como miembro del directorio de diversas empresas transnacionales, entre ellas la Compañía de Acero del Pacífico, Toyota Motor Corporation o Ternium Inc, etc.).

También fue acusado de favorecer los intereses petroleros de la Standard Oíl Company cuando se desempeñaba como Gerente del Banco Central de Reserva de Perú, tras el golpe de Estado que derrocó al presidente Belaúnde Terry, en octubre de 1968.
Podríamos decir que el nuevo hombre fuerte de Perú tiene un perfil de claro corte neoliberal y que muy probablemente dirigirá su gobierno según los patrones marcados por el interés corporativo, muy al gusto de las potencias centrales. Desde una perspectiva ideológica, Kuczynski se halla en las antípodas del actual Gobierno de Bolivia, e incluso del propio Gobierno chileno, opuestos doctrinales en cuanto a la idea del Estado y su rol en la sociedad.

Sin embargo, también deberíamos esperar que Kuczynski privilegie ese concepto de la “divergencia constructiva”, donde siendo doctrinalmente antitéticos podamos entender que la realización boliviana de obtener su salida al mar es parte del patrimonio de todos los latinoamericanos, impulsores de un destino pleno que debe ser común.

* Escritor y periodista