Ñatitas de Todos Santos

Luís Mérida Coímbra

Por los siglos y los siglos el hombre se ha preguntado sobre la muerte, sobre la nada, sobre el más allá o del antes de nacer. Conceptos estudiados por la Filosofía y refrendados en las ofertas místicas de las religiones.
Dice Octavio Paz: “La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida” y toda muerte es nuestro espejo de la forma de vivir, de ahí que los deudos llevan comidas, bebidas, les cantan coplas que gustaban al yaciente.
Ramón Rocha Monroy, escritor del libro El RunRun de la Calavera, describe a la ñatita como: “…una doncella vestida de holanes blancos, delgada y misteriosa,…una mujer joven y tentadora, que clausura su escote con un prendedor en forma de guadañita.” Desde difuntos comienza la fiesta de los muertos, acto que es liturgia y religión, que convoca a la sociedad en su conjunto a participar en este ritual pagano, rito que es llama eterna y agua bautismal; donde se juega con el fuego de las almas o se baila o se bebe con los muertitos en el mismo lugar del tabú: el cementerio. Osamentas que recuerdan la otredad. 
Los anales de  donde viene la nada. Este día es fiesta, espasmo, trance, tránsito. Pasado y futuro son inexistentes, se reconcilian en el presente que trae la alegría de los muertos, convocándolos a la ceremonia que no tiene comienzo ni final. Cada 8 de noviembre se festeja a las ñatitas en acto de consagración, de renovación en el santo lugar. En este templario de osamentas se dan cita intelectuales, artistas, ladrones, putas, travestis, brujos, escritores, espirituosos, juglares, músicos, malditos y ramas anexas… En torno a los alcoholes se agrupan las calaveras ojosas, que ardientes contemplan, lanzan suspiros, fuman, liban.  Cuidadosamente hablan a los suyos y prolijamente emiten sonrisas macabras a los presentes. 
En este día, la fe pagana se alía con añejas costumbres guerreras andinas, donde —dicen— “los vencedores hacían actos de perogrullo de sus triunfos, alzaban las osamentas, realizaban rituales de victoria con las calaveras de los vencidos”. Esta fiesta nos lleva a platicar con ellos, a burlarnos de la muerte, a nuestros finados se los saca a comer, a beber, a bailar; todo es plegaria, confesión, sacrilegio y blasfemia. Todo es emergencia inflamada de revuelta: lo santo es lo maldito y la soledad cadavérica es nuestro rostro, nuestro espejo y semejanza. Se manifiesta la alianza vida-muerte compartiendo sahumerios, coca, pitillos de tabaco, bebidas espirituosas, convocadoras y disociadoras, actos de psicomagia en la ciudad de La Paz, donde se versa al poeta Saenz o se da súplicas pidiendo bendiciones al imaginario de Vizcarra.
Parecería que son voces que guardamos en nuestro interior, en nuestro inconsciente, manifestaciones de la presencia de la muerte representadas en canciones lúdicas, chistes macabros, escrituras del misterio, poemas malditos, ordalías inconclusas, suicidas palabras; junto a representaciones simbólicas con la mera presencia de los réprobos. Noviembre, mes consagrado a los santos difuntos, a quienes recordamos y alimentamos con frutas, panecillos, con tantaguaguas; se los challa, se les canta y días después, las calaveras con semblante vegetal, sin sangre, con resignada mirada ausente, aparecen bailando, renuentes a estar muertas, eternamente occisas. Tienen lágrimas secas, quieren fiesta y ritualidad, están gozosas en compañía de toda la humanidad.
Al atardecer se va bailando, plañendo, los creyentes la acompañan bailando, llorando... Regresa a la muerte sin final. Calavera que es templo: ornamento fabúlico, oráculo con víbora plateada, con serpentina roja, con mixtura blanca en el rostro de la ñatita.

(*) Cineasta y escritor