Ajayus dejan el Wiñay Marka para visitar a sus familiares

Foto: Cambio
Una mesa armada para recibir a las almas de la masacre de 2003.

Para los pueblos indígenas originarios campesinos, la muerte natural no constituye un hecho trágico, sino la continuidad de la vida.

Luis Fernando Cruz Ríos

Cada año, miles de personas a lo largo y ancho de Bolivia se movilizan para celebrar Todos Santos, una festividad propia de las creencias de las naciones indígenas originarias campesinas, que consideran que las almas (ajayus) cada año salen del Wiñay Marka (Pueblo Eterno) para juntarse con sus seres queridos vivos.

Desde tiempos prehispánicos los pueblos de los Andes celebran el culto a los muertos, el cual se transformó, con el paso del tiempo, en la fiesta de Todos Santos. El 1 de noviembre, desde mediodía, la creencia dicta que las almas llegan al mundo terrenal y permanecen junto a sus familiares y seres queridos hasta el 2 de noviembre, volviendo al más allá al mediodía.

Mucho se ha escrito sobre su significado, pero desde la visión del creyente, del que ha sido testigo de la muerte de un ser querido, se trata de un encuentro para recordar los buenos momentos que pasaron juntos; o para pedirle perdón porque no supieron entenderlo y valorarlo cuando estaba con vida.

Leonor, de 76 años, dedicada al oficio de la venta de abarrotes, contó a Cambio que desde que falleció “su santa madre”, hace 50 años, ha preparado la mesa con el mismo cariño para recibirla, al igual que a su esposo y dos de sus hijos que también murieron.

“Después de preparar la mesa pongo las fotos de mi mamá, de mi esposo y de mis dos hijos que han finado después. (…) Primero tengo que rezar yo, y le agradezco a mi mamá porque me ha enseñado a trabajar vendiendo para vivir; a mi esposo para que me perdone porque no le he cuidado bien cuando se ha enfermado; y a mis hijos para que también me perdonen porque no he podido darles una buena educación, a los dos me los han matado en peleas”, concluyó con un profundo suspiro de resignación.

No ha muerto
En ese contexto, para los pueblos originarios la muerte natural no se constituye en un episodio trágico, sino en un paso más de la propia vida, por eso dicen que cuando uno fallece se ha ido o ha partido, pero que su ajayu (alma) retorna cada año para juntarse con los suyos, con una fuerte carga de prosperidad y fertilidad.

En la cultura aymara se cree que durante dos años el alma permanece acompañando a los vivos, después asciende a las montañas para juntarse con el mundo de los achachilas (antepasados), el tercer año.

Por eso es que los dolientes preparan una mesa, o altar, que debe estar muy bien ataviada y armada de acuerdo con características específicas, que van de acuerdo a si el alma pertenecía a un niño o adulto. 

Si es mayor, la mesa debe contar con los alimentos preferidos del fallecido, la bebida alcohólica preferida, coca para masticar, velas, las flores que le gustaban, frutas, dulces y una variedad de masas.

Luisa Tola, una mujer que compraba caretas y golosinas propias de Todos Santos, en la zona Villa Dolores de El Alto, cuenta que si la mesa es armada en honor a un niño, debe tener un mantel blanco y estar repleta de leche, frutas, dulces y masas dulces, como ser galletas, maicillos o llagas de Cristo. 

La mesa
Una vez escogido el lugar para armar el altar, la mesa debe tener cuatro cañas de azúcar largas en cada esquina para que los ajayus se apoyen y descansen del largo viaje.

En el centro se coloca la fotografía del difunto, que, al verse, se pone contento porque no ha sido olvidado y retorna feliz al Wiñay Marka después de haber degustado la comida, el aroma de las flores, el alcohol, hojas de coca y otros.

También deben estar las tantawawas (panes con forma humana y un colorido rostro que es modelado en estuco, que representan al fallecido), además de los bizcochuelos, kispiñas (galletitas de quinua), maicillos, masas en diferentes formas, como escaleras, cruces, golosinas y una variedad de dulces.

Algunos investigadores señalan que las tantawawas representan la pureza del difunto, mientras que la escalera de pan significa una ayuda para la ascensión del espíritu hasta el cielo.

Mientras que las cebollas en flor, o también llamadas ‘tuquru’, sirven para que el alma lleve agua para su viaje. Los caballitos de pan son la distracción del ajayu, aunque Luisa Tola afirma que las representaciones de estos animales ayudan al difunto en el largo camino hacia el más allá o sirven para cargar lo mejor de las delicias que la familia preparó para él.

Las retamas en floreros sirven para ahuyentar a los malos espíritus que ocasionalmente se presentan en los hogares para hacer maldades.

El vaso de agua, así como la bebida preferida del difunto, para que calme su sed. La coca, el cigarro y vino son infaltables para que el alma se sienta satisfecha.

Todos los preparativos para la tradicional fiesta empiezan faltando semanas antes de la celebración. Las familias que tienen difuntos recientes son las que más se afanan en el armado de la mesa para expresar su cariño.

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CÁNTICOS DESPIDEN A LAS ALMAS EN LOS CEMENTERIOS

Después de recibir a los ajayus en sus domicilios, las familias se preparan para despedirlos en los camposantos donde fueron enterrados, fieles a las tradiciones y creencias transmitidas por generaciones. Para eso, días antes, se ocupan de hacer mantenimiento y limpieza de los nichos. Antes del mediodía del 2 de noviembre, miles acuden a los cementerios cargados de comida, bebidas, panes, golosinas y alcohol para participar en la ceremonia de despedida de las almas de sus seres queridos con cánticos y rezos. La actividad se caracteriza por ser ostentosa, está precedida de una misa oficiada por un sacerdote, a la que después se suman niños, jóvenes y adultos con rezos para los que deberán hacer un largo viaje de retorno al Wiñay Marka; a cambio reciben platos de comida, bizcochuelos, panes, empanadas y otros. En los cementerios de las ciudades los dolientes despiden a las almas con mariachis y conjuntos. En tanto que en las zonas periféricas y las provincias con grupos autóctonos.