Los democráticos genocidas

Foto: Archvo
El Ex-presidente Huego Bánzer Suárez.

Al igual que Hugo Banzer, muchos otros protagonistas de nuestra historia han salido impunes de sus crímenes gracias al apoyo de Washington.

Alejo Brignole *

Cuando el senador estadounidense por Massachussets Henry Cabot Londge señaló en los primeros años del siglo XX que “las grandes naciones acaparan rápidamente para su futura expansión […] las tierras de desecho del planeta”, se estaba refiriendo al auge del colonialismo europeo en África y a la necesidad de que Estados Unidos iniciara también su expansión hacia otras “tierras de desecho”. Es decir, las desechables naciones latinoamericanas y caribeñas. Aunque también incluyeron en esa deshumanizada categoría, islas remotas de Pacífico, la Polinesia y cuanto quedara en el mundo digno de ser ocupado y sometido.

Ahora, más de un siglo después, podemos ver en retrospectiva que tales premisas se cumplieron y que la historia latinoamericana en general y la boliviana en particular han sido consecuencia y efecto de esas estrategias que consideraron como “desechables” a nuestros países y su gente. Pero para hacerlo, antes debieron generar las condiciones para el sometimiento, y en ese trabajo, que fue decisivo en nuestra historia regional, debieron utilizar una especie de hombres-robot, como sumisas y obedientes máquinas para cumplir planes y órdenes. De hecho, la historia institucional boliviana está plagada de esos hombres-robot que fueron presidentes, ministros, generales y diplomáticos. Políticos y funcionarios a los cuales no les importaba pertenecer a esa parte “desechable” del mundo, en tanto el poder hegemónico, los blancos anglosajones, los colmaran de falsos honores, de cargos públicos y de riqueza personal.

El general Hugo Banzer fue uno de ellos. Un perfecto hombre-robot que asesinó a miles de bolivianos a cuenta de Washington, que cedió poder a empresas extranjeras y que esquilmó las riquezas nacionales en beneficio de multinacionales, mientras generaba la peor deuda externa en la historia boliviana. Esos costos los pagó el hombre y la mujer bolivianos, padeciendo pobreza, represiones brutales sin derecho a defensa y muertes anónimas e injustas.

Pero Hugo Banzer, al igual que otros hombres-robot latinoamericanos, no actuaba solo. El genocidio contra su propio pueblo durante su primer mandato (1971-1878) fue una masacre perfectamente articulada con otros países, también gobernados por hombres-robot a las órdenes del Pentágono. Así permitieron que Estados Unidos lograra expandirse, según las premisas del senador Henry Cabot Londge, hacia “las tierras de desecho del planeta”.

Al igual que Banzer en Bolivia, también en Argentina había hombres-robots, y en Chile, y en Brasil, y en Uruguay, y en Perú, y en Colombia. Todos ellos asesinaban a sus compatriotas y eliminaban opositores políticos contrarios a los imperialismos mediante torturas y desapariciones masivas. A eso se llamó el Plan Cóndor, que era una macro estructura represiva organizada en toda América Latina y que aquellos miserables hombres-robot ejecutaban sin remordimientos y sin culpa, como buenos autómatas esclavos sin moral ni dignidad.

Sin embargo, siempre existe una voluntad inexpugnable, un tesón invisible que tarde o temprano sale a la luz, y esa es la voluntad del pueblo. La voluntad del que fue oprimido y aplastado. Hugo Banzer debió abandonar el gobierno en 1978, y el pueblo boliviano le reclamó por el genocidio perpetrado. Durante la presidencia constitucional de Wálter Guevara Arce iniciada en agosto de 1979 se sustanció una causa judicial contra el antiguo dictador sirviente de Washington. Y fue un escritor y político el que asumió la tarea de redimir a su propia gente.

El poeta cochabambino Marcelo Quiroga Santa Cruz trabajó duramente para reunir pruebas, testimonios y poner en el infame banquillo de la condena histórica a Hugo Banzer. Lamentablemente no pudo ser porque fue asesinado por otros hombres-robots de segunda generación, que recibían órdenes del propio Banzer, a su vez ayudado por la inteligencia norteamericana y los agentes que la Embajada estadounidense desplegaba en Bolivia. Lo mismo que al poeta Víctor Jara en Chile o al guionista de historietas Germán Oesterheld en Argentina —de cuya pluma e imaginación salieron los metafóricos hombres-robot—, nuestro poeta Marcelo Quiroga fue muerto por los esclavos imperiales.

También el presidente Arce fue víctima de las maniobras necrófilas de Washington, pues apenas tres meses después de ser ungido democráticamente Presidente de Bolivia, debió ceder ante el golpe de Estado dado por el coronel Alberto Natusch Busch, quien en apenas 16 días de gobierno dejó un reguero de sangre y represión. Como siempre, sangre indígena, campesina y popular. Gracias a él, el juicio no se consustanció y Hugo Banzer pudo seguir su vida de hombre-robot servil, aunque libre.

Lo extraordinario de la historia es que a veces tiene giros incomprensibles. Quizás por esta enigmática metafísica que rige a la política y a las naciones, Hugo Banzer fue más tarde elegido en 1997 como presidente electo en un período democrático, votado por ese mismo pueblo que él ayudo a rebajar, que asesinó sistemáticamente y que sometió a la pobreza programada. Entonces… ¿Qué lección nos deja la historia? 

Sería muy útil que usted medite esta interrogante, amigo lector, pues no hacerlo quizás nos lleve a reiterar la historia que no debemos repetir.

* Escritor y periodista