Trinidad

Tony Suárez

Homero Carvalho Oliva

Cuando despiertas contigo nace el mundo, por eso tu inconsciente cree que estás en el pueblo de tu niñez, tardas milésimas de segundos, imperceptibles en la realidad real, en darte cuenta que estás en otro parte y que ya han pasado muchos años y que ni siquiera tu pueblo es el mismo. 

Obras que cobijan la niñez
A veces no sé si estoy en Santa Ana del Yacuma, el pueblo que me nació, o en la Santísima Trinidad, la pequeña ciudad capital de Beni, donde vivía mi padre y cada fin año me esperaba para hablarme de los Buendía; de Garabombo, el invisible; de Zabalita; de Antonio, el consejero; de Isabel viendo llover en Macondo y de Susana San Juan; nunca olvidaré que una vez, mientras leíamos Hojas de hierba, de Walt Whitman, me señaló que la diferencia entre la narrativa y la poesía estriba en que en la primera podemos crear personajes a medida de la historia que queremos contar y en la segunda es el poema el que nos hace su personaje, es el poema el que nos cuenta a nosotros mismos.
En Santa Ana me amamanté de los pechos de mi madre y en Trinidad de la biblioteca de mi padre. Mi madre me hablaba de los seres y espíritus de la naturaleza y mi padre de los seres y espíritus de la escritura. Literariamente, mi padre pertenecía al sur del sur, era muy latinoamericano, con todo lo que eso significa. Trinidad está pues asociada a las novelas, cuentos y poemas de la década de los setenta y de los ochenta, de mis autores preferidos del boom latinoamericano del cual me considero un profano heredero. En Trinidad descubrí que el realismo mágico no es otra cosa que las contradicciones que se resuelven cotidianamente en nuestros países y esta revelación me hizo escritor.
Trinidad es la ciudad de las aguas, a media cuadra de la catedral se halla el arroyo San Juan, donde alguna vez nos bañamos con mis hermanos y ahora se encuentra rebosante de taropes. El pueblo de Trinidad está en su plaza, que todos los crepúsculos, celebra los celajes amazónicos con cientos de bullangueros jóvenes que pasean por ella dando vueltas a pie o en motocicleta. Es la capital del país de los grandes ríos y de la civilización que desapareció en la anochecida de los tiempos dejando grandes vestigios de lo que fue. Mi padre, que dominaba los secretos de la palabra, nos contaba de cuando los barcos llegaban cargados de mercaderías y de historias de allende los mares hasta media cuadra de la plaza principal. En épocas de lluvias y desde el aire, Trinidad parece una ciudad imaginaria de las que existían en el Medioevo, una isla rodeada de agua, protegida por una alta avenida periférica, un amplio terraplén que semeja una muralla defensiva contra los invasores. 

La tierra de los 
cielos
Quiero seguir creyendo que a Trinidad solamente se puede llegar por el aire y que ella se encuentra entre las nubes, pues cuando era niño, en las vacaciones finales, viajaba a Trinidad en avión a reencontrarme con mi padre y con mi estirpe. A veces imagino a Trinidad como si fuera un puente entre todos los ríos de Beni que en la época en la que las aguas desbordan sus límites ribereños hace parecer a la llanura amazónica como un vasto y luminoso río/mar, entre cuyas islas se encuentra la inalcanzable Tierra sin mal que solamente los moxeños conocen y que sus ancianos guardan en lo íntimo de su memoria, solamente para confesar su exacta ubicación a sus amadas y a los nietos elegidos por el espíritu del agua. 

(*) Escritor y poeta