La capital del valle y de la gastronomía

Cholita cochabambina con un plato de papas cocidas y otros.

Jackeline Rojas Heredia

Enorme quesillo blanco sobre el mote caliente, un aroma a locoto con quirquiña y cebolla frita invade el ambiente, la sopa va espesando mientras la mesa está dispuesta.

Suculento plato de barro que conserva el calor de la sopa, y si por algún motivo se hace agua, es porque quien lo consume no es buena persona. Es un “quencha”, así se dice en el valle cochabambino, por eso se debe terminar la sopa antes de que enfríe y continuar (por arte de magia) con el plato que viene después, el segundo. Mucha carne, fideo o arroz, mezclado de cebolla verde y trozos de huevo, papas harinosas que se deshacen al contacto con la boca, y la llajuita de por medio. Y si el milagro funcionó y uno logró vaciar el plato, nadie se escapa de la “yapita”, otra dosis casi de igual cantidad.

Es el cariño cochala, la abundancia de delicias de la tierra, la fruta después, la compota de durazno del valle y la rica chicha k’ulli, la de maíz amarillo para bajar la comida, para despertar y bailar la cueca o el huayño del valle. Una hora después, suculentos panes de Arani, unos con queso otros de chama. Y si el apetito retorna, otra vez a la cocina a calentar lo que sobró, y la ronda de delicias inicia de nuevo. De ahí el dicho: “En Cochabamba no se come para vivir, se vive para comer”.

La belleza de la Llajta
Tierra hermosa, de paisajes que combinan todos los tonos verdes, lilas, celestes, azules y hasta el rojo intenso del chilijchi, el árbol emblema de los valles, de pueblos como Totora, Aiquile, combinación de viviendas coloniales con las otras de adobe que vibran en la retina, producen una inquietud nostálgica y se expresan de manera permanente en las producciones artísticas, en la pintura, en la música. 

Tarata y su convento histórico, Arani y la Bella, la patrona y los panes gigantes. Omereque y su riqueza rupestre, Punata y la calidad de su chicha, y el infaltable guarapo y garapiña en Sipe Sipe, junto a sus piscinas y sus extensiones de pasto y árboles frondosos para descansar, Tiquipaya la capital de las flores, la de los muchos colores y las bellas mujeres. Sacaba y su tentador chicharrón, Quillacollo, sede de la mamita más amada por los cochalas en general, la Virgen de Urkupiña.

Cercado, la ciudad, el paseo de El prado, el Cristo de la Concordia sobre el cerro de San Pedro, desde donde se puede ver la ciudad y la laguna Alalay. La Coronilla, recuerdo latente del valor de la mujer cochabambina, eterna e infatigable luchadora, aguerrida, cálida y maternal. La Angostura y las delicias de pejerrey y trucha, y el Chapare, trópico de fuego, agua dulce y combinación exótica. Todo hace imposible olvidar a la  Llajta amada. Corazón de Bolivia, tierra de integración.