Las múltiples formas de ser un colonizado

El País
El presidente de Chile, Salvador Allende, fue víctima de la conspiración patrocinada desde Estados Unidos.

 

(Alejo Brignole *).- A pesar de la modernización de los métodos hegemónicos que aplica Estados Unidos en diversos escenarios; del Poder Blando y de los recursos mediáticos optimizados por la masividad digital, Washington sigue utilizando fórmulas viejas ya repetidas, pues –a veces– siguen funcionando. Bastaría un breve repaso histórico y mirar casi cincuenta años atrás, para entender cómo esta vez el Departamento de Estado intenta recrear las condiciones adversas al Gobierno de Bolivia, tal como lo hiciera con el presidente de Chile, Salvador Allende, desde 1970 y hasta su muerte. Y por supuesto, estas estrategias se realizan siempre financiando (sobornando) a grupos políticos, dirigentes gremiales, hombres de la cultura y comunicadores sociales, que mediante acciones puntuales, protestas reiteradas, y reclamos sobredimensionados crean condiciones de convivencia enrarecidas y eclosionan conflictos allí donde no existen causas reales para ello. Estos grupos internos de cada país, que actúan como auténticos comandos políticos al servicio extranjero, siguen las pautas marcadas por las embajadas y agencias encubiertas norteamericanas (CIA, DEA, o el Servicio de Seguridad Diplomática o DSS, etc.)

Cuando en Chile la Confederación Nacional de Dueños de Camiones anunció un paro nacional para el 9 de octubre de 1972, enseguida se plegaron muchos otros gremios y entidades sociales alineadas a Washington. La propia confederación transportista que incitó la huelga chilena, era una entidad patronal que recibía flujos de dinero estadounidense y fue articulada –reclutada– como una fuerza opositora al gobierno.

Muchos de los gremios que acompañaron también estaban involucrados en un costoso sistema de pagos con dineros estratégicos de la CIA.

Dentro de esta ingeniería disidente, el soporte mediático lo daba el Diario El Mercurio, propiedad de la familia Edwars, ligada, entre otras cosas, a las oligarquías del cobre, gravemente perjudicadas por las nacionalizaciones soberanas que realizó Allende. Al momento de asumir su mandato, las corporaciones extranjeras controlaban casi todas las áreas estratégicas de la economía chilena y las empresas norteamericanas controlaban el 80 por ciento de la producción nacional de cobre, que en 1970 suponía el 80 por ciento de las divisas ingresadas por exportaciones. 

A partir del gobierno de Allende (por la coalición de Unidad Popular), el cobre chileno fue devuelto al Estado nacional y las ganancias previstas de esa nacionalización iban a ser utilizadas para lanzar un ambicioso programa educativo y una reforma sanitaria sin precedentes para todos los chilenos. Programas que quedaron truncos debido al golpe de Estado de 1973. Pues a pesar del giro soberanista, de la recuperación del patrimonio estratégico y de una construcción nacional liberada de colonialismos externos, Allende fue víctima de organizaciones y fuerzas corporativas de su propio país, previamente contaminadas por los diversos mecanismos estadounidenses ya descritos. Basta revisar los informes del Comité Church de 1975 (comisión del Congreso de los Estados Unidos presidida por el senador demócrata Frank Church, que investigó el papel de la CIA en la política chilena), para percibir la magnitud de las maniobras clandestinas llevadas a cabo contra la política nacional y popular de Chile por esos años.

Hoy, sin dudas, estos esquemas se reiteran en todos los países de nuestra región. La crisis social de Venezuela, su desabastecimiento y las presiones de grupos opositores que trabajan en tándem con el Departamento de Estado, son parte de este menú estratégico.

Es por esta misma comprobación, por este conocimiento ya viejo del poder hegemónico que interviene en nuestros escenarios domésticos para orientarlos siempre al subdesarrollo funcional, que ya no podemos tolerar estas maniobras con tibieza.

El alevoso asesinato del viceministro Rodolfo Illanes, un hombre inclinado al más genuino diálogo democrático, debe poner en funcionamiento toda la capacidad de nuestro Estado, de sus protocolos y de su decisión soberana, para desarticular cualquier maniobra desestabilizadora, provenga de donde provenga. Lo que está en juego es el futuro de todos los bolivianos y la construcción latinoamericana, con todo lo que ello implica de maravilloso y trágico a la vez. Y con aquellos que dinamiten ese sueño, con mentiras, con violencia cobarde o entregas estratégicas, habrá que ejercer todo el poder, que es el poder del pueblo. De este pueblo por fin redimido tras 500 años de oprobio, marginación y saqueo.

Y por este pueblo, y por estos logros, la sociedad toda debe actuar con claridad y valor, pues el Estado Plurinacional somos todos y a su protección y defensa nos debemos.

* Escritor y periodista