Carlos Mesa, la historia y el Che

El agente de la CIA Félix Ismael Rodríguez junto con Ernesto Che Guevara.

Quizás habría que empezar diciendo que la historia no es inocente, que siempre relata una perspectiva de quienes generalmente resultaron vencedores y fueron entonces capaces de narrar-justificar los acontecimientos de manera que los vencedores son los justos y los que están gobernando. De esta manera, en el contexto actual de la ofensiva neoconservadora de los rezagos del pasado y en su pretensión de reorganizarse apelan a la memoria, la de ellos, la que pretenden que creamos todos, para volver a rearticular el mundo de las creencias que nos inventaron sobre la supuesta institucionalidad republicana y neoliberal que en definitiva preservaba los intereses de unos cuantos en desmedro de la patria en su conjunto.

Hoy tenemos patria para todos y todas. Para llegar a este camino tuvimos muchas luchas que hacer y muchas batallas que vencer, no solo bélicas sino particularmente el de las verdades que nos negaron. Tendremos que empezar por enfrentar la porción de verdad inventada como creencia por la minoría que en expresión de Mesa (en su artículo Gary Prado y el Che) nos pretende dibujar al entonces capitán Gary Prado como el héroe que derrota al Che. No nos dice que el aislamiento, la traición política del Partido Comunista y la propia estrategia foquista en un país profundamente insurreccional habían generado una porción defenestrada de la guerrilla frente a un ejército que aún en su mayoría abrumadora había tenido numerosas pérdidas y que contaba con el apoyo bélico y asesoramiento del ejército norteamericano y de la CIA. Todavía más Mesa pretende afirmar que la decisión política de asesinar al Che fue autónoma del “gobierno militar boliviano” y no la expresión más ruin de la dependencia que tenía el país con los mandatos del gobierno norteamericano que vieron la repercusión internacional que tendría tener un prisionero vivo de la talla política del Che. Por eso ellos decidieron matarlo y los militares bolivianos obedecieron.

En numerosas ocasiones en su relato, Mesa acude al argumento del gobierno constitucional de Barrientos, habrá que decirle y recordarle que dicha Constitución, como las 16 anteriores en ese momento, no reflejaban sino la organización estatal de una minoría para defenderse de la mayoría y aunque producto del 52 se habían añadido algunas conquistas sociales, quienes administraban y decidieron el rumbo constitucional siempre fueron esa minoría armada que contaba con el ejército como resguardo de sus intereses.

Entonces apelamos a la constitucionalidad de minorías que en los hechos excluía a la mayoría indígena originaria campesina del país, en resguardo de un gobierno militar populista que se había guarnecido en el pongueaje político inaugurado el 52, y que en definitiva era la expresión de la permanencia del racismo en la política boliviana, donde los derechos efectivos continuaron siendo de esa minoría blanco-mestiza e institucionalmente de los militares.

Era obligación institucional la derrota de quienes atentaban contra el orden establecido, y el capitán Prado actuó en consecuencia a lo largo de toda su vida como militar de honor, nos dice Mesa. Entonces habrá que decir con el historiador de que cada quien solo cumple la función que el sistema le otorga y sus decisiones están libres de culpa? Podemos mencionar a militares ‘de honor’ como Torres que siendo en ese momento jefe del Estado Mayor General luego encabezó una de las experiencias populares más importantes en su corto gobierno, o el del My. Rubén Sánchez Valdivia, que en acción fue capturado por el Che, y ya liberado decidió ser parte del ELN para construir un ejército popular. Es decir si el sistema nos hiciera ‘institucionales’ e incambiables entonces la libertad no tendría cabida, peor aún la democracia y peor aún el proceso de cambio al que apostó Bolivia desde hace ya 10 años. Decirle al sr. Mesa que el oficial institucional y militar de honor no existe en abstracto, sino al servicio de una causa, en este caso, la institución militar como defensa de los intereses de la minoría, labor con la que el Gral. Gary Prado concilió su militancia política posterior ocupando cargos políticos en los gobiernos neoliberales. No hay nada inocente bajo el sol.

¿Cuál es la supuesta causa que se defendía o que resultó como argumento estatal frente a la guerrilla? Que el pueblo se levantaba contra el orden instituido, contra la constitucionalidad, en definitiva la razón de Estado; pues mientras se asesinaba ‘comunistas bolivianos’ en las minas a través del ingreso del ejército, se apelaba al argumento de la invasión cubana ante la guerrilla y se empleaban los mismos métodos para justificar una razón política que no solo justificaba el poder de los militares en Bolivia, sino en el continente frente a la amenaza comunista. Esta situación histórica no era producto de las ideas foráneas como pretendieron hacernos creer, sino de la miseria de nuestros pueblos que apelaban al levantamiento, a la insurrección y la guerrilla para hacerse escuchar. Mucho demorarían los procesos democráticos en nuestro continente y muchos muertos todavía quedaron para recordarnos esta etapa, solo para preservar una razón de Estado, en realidad del Estado Imperial norteamericano que utilizaba a los militares y gobiernos títeres en el continente para la preservación de sus intereses geopolíticos y económicos. Como olvidarlo si aún vivimos las consecuencias históricas de esa dependencia.

En fin solo resta decirle, Sr. Mesa, que en historia como en la ideología no existen neutralidades, sino posicionamientos que pretenden pasar como verdades únicas para no solo afirmarse en la pluralidad, sino con la intención de presentarse como el “sentido común” de la historia; como si no hubiera nada que cuestionar por los hechos cuando nos cuentan parte de la realidad y desde una perspectiva que selecciona lo que narra y realiza un ordenamiento ideológico de los hechos para preservar el ordenamiento institucional del tipo de sociedad que defiende. Hoy estamos en posibilidad de interpelar lo que nos contaron y lo que dichos historiadores nos seguirán repitiendo porque hay un país que en su mayoría ha recuperado la palabra y se reconoce en su historia de lucha y se identifica con los héroes olvidados y vilipendiados, y en líderes populares distintos a los que nos narraron en los libros de historia, aquellos que en realidad, en muchos casos, fueron los represores de las causas populares y de las luchas de liberación en nuestro continente y el mundo.