Trump, la naturaleza del pensamiento estadounidense

El candidato presidencial republicano, el empresario Donald Trump.

Alejo Brignole 

Probablemente los dos períodos presidenciales de Barack Obama, el tan esperado mesías negro que cambiaría los destinos del país del norte, han sido los más didácticos de la historia política estadounidense, pues demostraron que nada cambia. O que el cambio no depende de la figura presidencial, ya que allí no reside el verdadero poder estadounidense. Es su complejo militar-industrial el que orienta y determina las grandes decisiones, y éste a su vez articula su engranaje según los dictados de Wall Street, es decir, del poder corporativo de su economía. Ello convierte a Estados Unidos en una auténtica plutocracia, en un gobierno de los ricos, pero con fachada democrática.

Por eso no debe sorprendernos que Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz, la anunciada esperanza afroamericana que soñó Martin Luther King, el demócrata definitivo, apenas haya logrado nada diferenciador con el resto de las administraciones, pues la política exterior estadounidense continuó su exportación de muerte y militarismo global. 

Como era de esperar, tampoco pudo cerrar la prisión y centro de tortura de Guantánamo, o conseguir la tan necesitada reforma médica para una sanidad pública y accesible a todos —la llamada ObamaCare—. Ni siquiera su gobierno representó un cambio de paradigmas en el racismo sistémico que impera en las policías estadounidenses, en donde en los últimos años se han recrudecido las ejecuciones legales, a quemarropa y sin motivo real hacia hombres de color, lo que ha producido importantes disturbios en diferentes años bajo su mandato. Si no pudo proteger a los marginados de su propia estirpe racial... ¿Cómo podríamos pensar que iba a cambiar otras cosas?

Al igual que Barack Obama, el próximo presidente de Estados Unidos, ya sea Donald Trump o Hillary Clinton, tampoco podrán desenvolver su ideario personal —cualquiera éste fuese—, pues el gobierno real no residirá en ellos. 

Cierta vez, el esposo de Hillary, el dos veces presidente Bill Clinton, llegó a decir en una entrevista “En Estados Unidos existe un gobierno dentro del gobierno”, en una clara referencia a los verdaderos poderes que dirigen la Casa Blanca, sus guerras, sus alianzas y su rumbo estratégico económico-militar.

Lo particular de estas elecciones que se celebrarán el 8 de noviembre es que pueden entronizar a la primera mujer en llegar al máximo cargo, hecho simbólico y significativo, pero seguramente carente de efectos prácticos en el decurso político general, como ya la historia ha demostrado. Pero lo verdaderamente interesante del próximo recambio es que puede darle la llave de la Casa Blanca a un hombre controversial, desaforado, declaradamente racista, xenófobo, sexista, fascista, celebrador de la tortura, del apartheid y que hace propias las peores retóricas capitalistas, basadas en el triunfo del más fuerte, en el poder obsceno del dinero y en el desprecio a los pobres y de los loosers, los perdedores del sistema, que en la deshumanizada cultura estadounidense representan todo lo abyecto y lo que huele mal.

Durante un mitin en Ohio, en junio de este año, y luego de los atentados terroristas de Estambul, Donald Trump preguntó a sus seguidores republicanos; “¿Qué piensan ustedes del waterboarding? (la técnica de tortura mediante asfixia acuática o con bolsas de plástico). A mí me gusta mucho. No creo que sea suficientemente duro”, dijo con entusiasmo. La respuesta del público fue una aclamación aprobatoria, ovación cerrada y vivas a Trump. Un aplauso deshumanizado para un candidato inhumano.

Pero precisamente en ello reside el valor superlativo de este candidato, pues deja al descubierto la verdadera naturaleza que tiene el pensamiento estadounidense para el resto del mundo. Donald Trump descuida los maquillajes que con tanto esmero construye la maquinaria propagandística estadounidense para parecer una nación humanista y dadora de progreso. Trump atenta directamente contra esa invisibilidad fabricada que tantos buenos servicios le ha prestado a la política exterior norteamericana, que, mientras invade territorios, derroca gobiernos legítimos y tortura  o masacra a millones de personas en diferentes partes del globo, pregona un discurso fraternal, democrático y de justicia universal.

Por eso los latinoamericanos debemos apoyar la candidatura de Trump, pues su éxito en las elecciones de noviembre y su ascenso a la Casa Blanca permitirán al mundo observar sin máscaras la auténtica esencia ideológica que se halla detrás de la primera potencia mundial. Que Donald Trump triunfe en las elecciones no significa que su mandato traerá más dolor al mundo. Significa, sencillamente, que provocará el mismo dolor, pero esta vez sin mentir ni fingir un humanismo que no existe, ni se quiere alcanzar.

* Periodista y escritor