La Virgen de Acosta Ñú y la redención que necesitamos todos

Pablo Cingolani (*)
La Virgen de Acosta Nú que pintó Lucero representa eso: la certeza de que la belleza, y solo la belleza, concede. Pensé: tanta gracia, tanta bondad, tanta devoción —por la Virgen, por la Madre, por lo que uno siente, por lo que vive y cree— solo se puede expresar con el alma, con el alma pura y descarnada de un artista que siente, de un artista que, en este caso, se sintió, a la vez, bendecido e inspirado por las almas, las almitas de los niños inmolados en los campos de Acosta Ñú y de todos los niños que padecen, en cualquier lugar, a todo momento, siempre.
Conozco a Lucero desde mis 14 años (tengo 52) y sé de su vida y su obra, sé de su esforzado y meritorio itinerario artístico, sé de su apasionada búsqueda de una estética, de una estética propia, que lo represente a él mismo pero también a ese colectivo social con el cual se identifica. Así, en ese afán, llegó a Paraguay, que también sé que él quiere como si fuera su hogar: allí, en la tierra donde se libró la guerra más injusta de todas, el Crimen Mayor de América, allí, yo también lo sé, Lucero encontró nuevas matrices y nuevos fervores para su arte.
 Renació Lucero, renació como renace, cada año, el Lucero del Alba, tan guaraní y tan de todos. Y allí, en ese Paraguay que no solo lo ama él sino que lo amamos todos los que amamos la libertad, su ejemplo de libertad, allí, en medio de la exuberancia de su naturaleza, en medio del frenesí de lo vivo y de lo vital, en medio de la sensualidad que todo ello desprende e impregna, con nuevos bríos, con renovada intensidad, Lucero pintó muchas mujeres, deslumbrantes y bellas como solo pueden ser las mujeres, pero también empezó a intuir, a descubrir, ese lado sagrado que solo las mujeres atesoran, porque solo las mujeres pueden parir la vida, y comenzó, a la vez, a pintar madonas, mujeres santas, mujeres indias y mujeres del pueblo, ésas que expresan su santidad con su sola mirada. Su presencia. Su mística. Por todo ello, me maravillé —y se lo dije en un correo electrónico que no olvidaré jamás—, pero no me sorprendí —al fin y al cabo, era su destino hacerlo— cuando vi, por primera vez, la imagen deslumbradora de la Virgen de Acosta Ñú. Sentí algo, algo diferente a todo lo que ya había visto y me había deleitado de su obra. Sentí que esa imagen era diferente a las otras, que ese cuadro era diferente a los otros porque estaba pintado, había nacido y había sido plasmado, enteramente, definitivamente, con el alma, solo con el alma. La Virgen de Acosta Ñú es el alma de Lucero. 
Sentí un anhelo que quiero compartir con todos: que la Virgen de Acosta Ñú de Lucero ampare a todos los niños, que los cuide y proteja, allí donde estén, allí donde se encuentren y puedan ser lastimados, y que eso sea así, y eternamente, en memoria de los niños flagelados de Acosta Ñú, los niños paraguayos mártires de la guerra más injusta e innoble de todas. Todo esto lo escribo, ante todo, porque siempre pregoné la redención por el arte, la sanación por lo bello y por lo sublime, solo el arte, los sintetiza a ambos, a pesar de Kant. No hay vida, no hay vida plena, no puede haberla, sin ese derecho que todos, todos los seres humanos, portamos y debemos ejercerlo. Ese es el desafío mayor de nuestro tiempo, desgarrado y cínico, hipócrita e insensible: re-encantarnos con la divinidad que nos devuelva, otra vez, al centro de lo que somos, al centro de la naturaleza, donde Dios o cómo quieran llamarlo nos nutre con su raíz  y su néctar, nos libere de traumas y prejuicios, nos brinde alegría y nos brinde amparo, calor, calma.
 Reencontrarnos con la belleza, con la belleza de cada día y la belleza de todos-los-días-de-la-vida (oigo cantar a Spinetta), y la belleza que perdura y se vuelve huella, camino de redención y dicha, dicha perpetua: eso es el arte.
 Solo el arte. 
Y afirmo y celebro y final: el arte de Lucero nos concede eso.
 Nos obsequia convicción. Nos nutre de sensibilidad, de espiritualidad, de mística, de amor a lo divino y de amor al prójimo. De lo más bello y, a la vez, de lo más sublime. Y, si lo sintieron así hasta aquí y me acompañaron en estas palabras, sientan esto, que es algo irreversible, por lo cual uno escribe, por lo cual uno tiene amigos, por lo cual uno vive: el arte de Lucero nos colma y nos blinda de fe.
 El arte de Lucero, en suma, nos devuelve luz, nos conduce a la luz, nos bendice y nos alegra con ella, con la luz del arte y con su propia luz, y eso es para agradecerlo siempre.
Siempre.

(*)Escritor Argentino

El 16 de agosto de 1869, cuando la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay agonizaba, cuando el pueblo paraguayo agonizaba por esa guerra infame, que fue también genocidio, se libró la batalla de Acosta Nú o ‘la batalla de los niños’. Encabezados por la caballería imperial, 20 mil valientes soldados brasileños enfrentaron a medio millar de veteranos y a 3.500 niños paraguayos. Solo se contaron 50 muertos entre las tropas aliadas. Las atrocidades cometidas contra los pequeños y contra sus madres fueron pura crueldad monstruosa, padecimiento y espanto infinitos. En memoria de esas almas masacradas se conmemora en Paraguay esa fecha, el día del Niño. El resto del mundo se ha olvidado de ellos.