El Manifiesto de Tiahuanaco marcó un hito histórico

Consuladodebolivia
La voz del movimiento indígena se hizo escuchar y con ello los planteamientos de desarrollo armónico y adecuado a la realidad.

Como si fuera una película surge de la memoria ese gran encuentro al que todo el mundo pretendía ir. Corrían los días de julio de 1973. En Bolivia se vivía la dictadura de Hugo Banzer, que dos años antes fue gestor del golpe que anuló todos los derechos sindicales y democráticos.
En ese escenario se organizó, con la ayuda de sectores de la Iglesia Católica, el encuentro para el cual se habilitó un servicio especial de tren. Esta actividad sirvió para que se asuman varias determinaciones que tenían que ver directamente con el movimiento indígena. Además, fue en esa reunión donde se hizo hondear la wiphala como expresión de la unidad del movimiento campesino.
MANIFIESTO
Para Carlos Macusaya Cruz, el Manifiesto de Tiahuanaco fue un hito histórico en la formación de los movimientos indígenas en Bolivia después de la Revolución Nacional (1952). “Fue divulgado como la expresión de la mayoría india boliviana en lucha contra las dictaduras militares y el comunismo internacional”, señaló Macusaya, cita la revista Pukara.
Entre los planteamientos del Manifiesto se destaca: “En Bolivia no ha habido una integración de culturas, sino una superposición y dominación, habiendo permanecido nosotros en el estrato más bajo y explotado de esa pirámide. Bolivia ha vivido y está viviendo terribles frustraciones. Una de ellas, quizás la mayor de todas, es la falta de participación real de los campesinos quechuas y aymaras en la vida económica, política y social del país”. 
Ante el intento sistemático de destrucción de las culturas aymara y quechua: Los campesinos queremos el desarrollo económico, pero partiendo de nuestros propios valores. No queremos perder nuestras nobles virtudes ancestrales en aras de un pseudo-desarrollo.
Tememos a ese falso “desarrollismo” que se importa desde afuera porque es ficticio y no respeta nuestros profundos valores. Queremos que se superen trasnochados paternalismos y que se deje de considerarnos como ciudadanos de segunda clase. Somos extranjeros en nuestro propio país. No se han respetado nuestras virtudes ni nuestra visión propia del mundo y de la vida.
La educación escolar, la política partidista, la promoción técnica no han logrado que en el campo haya ningún cambio significativo. No se ha logrado la participación campesina porque no se ha respetado su cultura ni se ha comprendido su mentalidad, económico dinámico, armónico, propio y adecuado a nuestra realidad y necesidades. Pensamos que sin un cambio radical en este aspecto será totalmente imposible crear la unidad nacional y un desarrollo económico dinámico, armónico, propio y adecuado a nuestra realidad y necesidades”.
Luego sostiene: “Los programas para el campo están concebidos dentro de esquemas individualistas a pesar de que nuestra historia es esencialmente comunitaria, sistema cooperativo es connatural a un pueblo que creó modos de producción en mutua ayuda, como el ayni, la mink’a, yanapacos, camayos... La propiedad privada, el sectarismo político, el individualismo, la diferenciación de clases, las luchas internas nos vinieron con la Colonia y se acentuaron con los regímenes republicanos”.
La independencia no trae la libertad para el indio, antes bien, realizada está en los principios del liberalismo, el indio es juzgado y tratado como elemento pasivo, apto únicamente para ser usado en las guerras continuas como carne de cañón. La república no es para el indio más que una nueva presión de la política de los dominadores.
En el tema económico, afirma el documento, el sector indígena fue librado a su suerte por la excesiva importación de productos foráneos.
En el tema de los partidos políticos, plantean que deben contar con su propia organización.
“El mayor bien que los gobiernos y los partidos políticos pueden hacer a los campesinos es dejarnos elegir libre y democráticamente a nuestros propios dirigentes y el que podamos elaborar nuestra” propia política socio-económica partiendo de nuestras raíces culturales.
La experiencia pasada, y aún actual, “nos dice que cuando el campesinado altiplánico es libre para elegir a sus hilacatas, hilancos y demás autoridades comunarias lo hace dentro del espíritu más democrático y la máxima corrección y respeto para con la opinión de los demás”.
En ese sentido plantean seguir enarbolando “los estandartes y los grandes ideales de Tupaj Katari, de Bartolina Sisa, de Zárate Willca” y en ese sentido plantean la unidad de todos los sectores sociales, como “víctimas de la explotación”, solidaridad en la lucha.