Wallparrimachi y Tamayo

En las frecuentes reuniones comunitarias de la indiada, Wallparrimachi recitaba de memoria sus elegías a favor de la condición humana. La índole primitiva y fundamental de un pueblo.
Pese a que su padre adoptivo, Juan Manuel Ascencio Padilla, esposo de Juana Azurduy, le enseñó el español, el poeta guerrero decidió escribir solo en quechua, consecuente con su lucha anticolonialista.
Néstor Taboada Terán, en su obra Juan Wallparrimachi Mayta, primer poeta del mundo nuevo, señala que el nacimiento del trovador fue por “mandato de sus dioses originarios” y que sus padres “dejaron de existir porque no pudieron soportar la fantasmagoría de los condenados de la tierra”.
“Juan Wallparrimachi Mayta antes de ser fruto es raíz. Su poesía no es ciencia, es arte, es dignidad, es vida, es justicia, es anhelo irrenunciable de libertad”, afirma Taboada Terán en su libro.
Fue tal la huella que marcó Wallparrimachi en su tiempo, que en años posteriores varios escritores le inventaban progenitores europeos de la nobleza para tratar de justificar su pluma descollante. Se dijo que los genes secretos de Wallparrimachi estarían en la superioridad española de sangre azul. Emparentaron a sus padres con reyes y príncipes europeos.
Benjamín Rivas, por ejemplo, estructuró un texto al que tituló Wallparrimachi o un descendiente de reyes, en 1885.
Varios escritores que realizaron monografías del poeta guerrero recogieron estos escritos creando un perfil errado aún hasta la actualidad.
Sin embargo, esos escritos no tienen si quiera la remota inteligencia para explicar la inspiración que cargó el alma de Wallparrimachi, de quien apenas se recuperaron 10 poemas de amor y una canción a la madre que dice, entre otras expresiones: ‘’El sol a todos alumbra; a todos, menos a mí. No falta la dicha a nadie; solo hay dolor para mí. Más que la fuente lloro: mi madre no conocí. Porque no tuve su amparo mi propio llanto bebí”.
Taboada Terán señala que no fue sino hasta 1879 que la pluma de Wallparrimachi siente un lazo de continuidad en la historia nacional con el nacimiento de Franz Tamayo, un indio aymara, y su sentencia es categórica al respeto: “Todos los blancos intelectuales racistas no pudieron nunca igualar y menos superar su capacidad intelectual”.
La investigadora Dora Gómez de Fernández señaló que “Franz Tamayo fue uno de los pocos que lograron intuir la excelsitud del misterio del lenguaje humano. Su predilección por el prodigioso instrumento que es este lenguaje; su amor de artista por la contextura idiomática, fuese en el aymara o el griego, o el latín, o el alemán o cualquiera de las muchas lenguas que había logrado dominar, estudiar y comprender desde dentro, y, sobre todo, su incomparable maestría en el manejo uso de la lengua castellana, revelan el filósofo que escribe como artista o el artista de la palabra que venera y adora la palabra como un filósofo del verbo”.
Mientras que el historiador Alipio Valencia Vega señala que Franz Tamayo tenía como cualidad una notabilísima inteligencia que no pudo apresar el colonialismo en el cual se desarrolló. “Sobresalió hasta lo sublime”, afirma.
Taboada Terán señala sin espacio a duda que Wallparrimachi y Franz Tamayo fueron “dos indios eminentes de culturas culminantes” en sus tiempos. “Poetas y luchadores, a cada quien con sus ideas. Pero al fin y al cabo aborígenes alineados en dos fortalezas culturales: quechua y aymara”.