Rita Valdivia, entre palabra y acción

Rita Valdivia

Por Ximena Aguirre M. (*)
A los seres humanos los definen los hechos. Ser y hacer es una unidad ética incuestionable cuando se vive en coherencia. Al poeta lo mueve el lenguaje, su esencia está constituida por su obra literaria, es su razón de vida. En ese espíritu se construye Rita Valdivia: 
“El empujón hacia mi verdadera ruta me la voy a dar yo misma, aunque tenga que divorciarme de mis ojos. Está decidido, mi vida es para la poesía”. Sin embargo, su clara conciencia social y la necesidad de ir más allá de la expresión la obligará años más tarde a plantearse otros caminos no necesariamente ausentes de poesía: “la montaña aún está desnuda. Estar vivo es repugnante cuando se tiene conciencia de las cosas… Me da miedo abrir mis ojos hacia el mañana; sé que encontraré sólo a uno de los dos fantasmas que me componen ¿quién se comerá a quién? ¿subsistirá la poeta o ganará la profesional burguesa? Para mí hay dos caminos trágicos: todo o nada”. Rita desplaza sus emociones entre palabra y acción. Su poesía está en tensión, como un ejercicio para exorcizar miedos, taladrar la rabia, conjurar demonios. Ejemplo de ello es su poema Elogio de la Huida:
“Oh policía de cara sonriente, permíteme destrozarte,/ picarte, freírte, y servirte de cena./ Pero sólo me retuerzo las manos y río como ríen las palomas;/ ríe como ríe una partícula de polvo, como un hilo de sangre…/ Policía no me llevas?”. 
La voz lírica se debate entre la rabia y la impotencia, un lenguaje amenazante que se diluye con las imágenes que le subsiguen. Cada palabra actúa como un eco para diezmar el dolor, la injusticia y la represión vivida en aquellos años. Sus versos se localizan en un espacio concreto: ciudad, calle, casa, cárcel, río. Los primeros versos de Rita, aquellos que comprenden su etapa  adolescente, se caracterizan por una extensión generosa, a diferencia de los últimos que privilegian lo breve, lo concreto. Seis años de creación poética es un tiempo limitado para consolidar una obra sobre todo para quien comienza a vivir. No obstante hay una clara capacidad comunicativa en Rita y una madurez inusual para su edad. 

DIARIO ÍNTIMO
La búsqueda constante por ser ella misma, su afán por construirse en una voz original, desmarcándose de la herencia poética de las generaciones anteriores hacen de ella una figura singular. La literatura fue ese gran océano que  le permitió a Rita Valdivia Rivera liberar y recoger sus sentimientos más profundos, sus versos son olas que acarician y azotan las almas sensibles. El tono de su  prosa se acerca en gran medida al diario íntimo:
“...Entonces pretendí dormir, para ver si mi esencia tenía libre acceso a otro sistema solar. Inútil, mi sueño paseaba por los mismos pozos cotidianos sin dejar de jugar con el maldito ácido sulfúrico, mintiendo, riendo, con la careta de carne. El lago de convencionalismos, la falsa guitarra, la que tratan de comprarme para inventar contracciones…” 
Su alucinante lenguaje nos invita a viajar por líneas torcidas pintadas desde los bordes. Una poesía netamente periférica, aparentemente inasible, su sentido real está más allá de las palabras.
En el silencio provocado también reside su verdadera esencia y su mayor rebeldía. En sus años formativos Rita Valdivia se hizo acompañar por los libros de Edgar Allan Poe,  César Vallejo, Walt Whitman, Kafka y otros escritores cuya lectura la alimentó y la salvó de sucumbir ante una realidad adversa. Luego aparecen las voces de Rosa Luxemburgo, Karl Marx, Ludovico Silva. El ambiente cultural de entonces fue intenso, aparecen  manifiestos incendiarios de los artistas que abrazaban insurgentes formas expresivas, alejados de la cursilería y los acartonamientos. 

CAMBIO DE RUMBO
En la Venezuela de los años 60, donde la poetisa vivió su primavera, el panorama político estaba marcado por las  divisiones, la subversión, la represión y persecución política. El mundo entero  pululaba sus heridas más recientes: invasiones, bomba atómica, Vietnam, drogas, crímenes masivos. La revolución cubana era un rayo de luz que alentaba a los jóvenes latinoamericanos ante aquel desastre humanitario. 
La acción guerrillera de Ernesto Guevara en Bolivia sensibilizó profundamente a la joven poeta y  la hizo tomar decisiones que cambiarían significativamente su rumbo. Rita empezaría a elaborar metáforas desde otros espacios y con los instrumentos que le ofrecía la sociedad boliviana. La ciudad jardín de su infancia la acogía rebautizándola clandestinamente como Maya:
“Somos nosotros/ las inquebrantables astillas de carne/ los que comemos tres veces/ el eclipse de sol./ Somos nosotros/los de cuatro extremidades/ y de mucosas cuajadas por el humo/ y el presentimiento de una irrevocable muerte./ Somos nosotros/ cumpliendo así con los que quedan/ anunciando la palabra con una sonrisa/ ejercitamos la paciencia/ sobre las sillas de tres patas… Somos nosotros/ a quienes aún cuentan y contarán la historia/ de una barba/ que murió a cambio de los ausentes.” 
Quedaría atrás la bohemia caribeña y sus estudios en Europa. De su alma rebelde emanan versos de acción que escribió con su propia sangre en su Cochabamba natal. Rita es el vivo ejemplo de la mujer de palabra y acción, conocerla es admirarla y respetarla no solo por su coraje y desprendimiento, sino por su inmenso amor al ser humano y su alto sentido del compromiso. 

(*) Docente universitaria y diplomática venezolana