La corrupción como estrategia

Cambio
Oficiales de la DEA que han instrumentalizado la lucha contra las drogas para perseguir otros objetivos en la región.

Por Alejo Brignole*

La problemática de la corrupción aplicada al ámbito político es quizás uno de los peores delitos humanos, pues malogra la realización colectiva y hunde en el sufrimiento y la tragedia a millones de personas. Malversar el poder para satisfacer meros intereses personales genera víctimas invisibles, aunque esa invisibilidad no diluye la carga moral del que incurre en la malversación. Los niños desnutridos, el subdesarrollo estructural y las condiciones de vida indignas para cientos de miles de familias son así el resultado silencioso de esta falta de humanismo del que dirige una comunidad, un país, etc.
Desde aquel zoon politikón, el hombre como animal político enunciado por Aristóteles, hace más de dos mil años, pocos han comprendido en la historia latinoamericana que la política debe ser abordada como un servicio a la sociedad, a la realización plena de una nación que otorgó poderes a un dirigente, o a un aparato político, para que éste cristalice la proyección colectiva. 
Tal vez por este carácter consuetudinario de hacer política se acepta la corrupción como un elemento constitutivo de juego político y de la lucha por el poder. Es decir, se naturaliza su existencia y el electorado termina tolerando episodios contrarios a la ética, sobre todo los referidos al manejo de los dineros públicos.
Ahora bien, si aceptamos que la corrupción es un fenómeno trasversal y complejo que penetra todas las capas de la sociedad y que es de muy difícil erradicación, ¿debemos aceptarla como natural y razonable como premisa política?
Desde luego que no. Combatir la corrupción en cualquiera de sus grados es un deber de todo ciudadano, no ya como parte de un país, sino como integrante de un tejido social al que le debe obligaciones y cuidados para que éste se realice colectivamente.
Pero el problema de la corrupción, que tiene múltiples dimensiones, desde la moral hasta la económica, y desde la política hasta la filosófica, debe también ser abordado como un problema estratégico, pues su enquistamiento, es decir, su funcionalidad estructural, tiene el potencial de destruir cualquier avance planificado y derribar los mejores logros sociales de un proyecto nacional, incluso cuando el gobierno no incurra en ningún acto de corrupción voluntaria y desarrolle sus funciones con un sentido humanista y genuinamente democrático. 
Sin dudas esto ocurre cuando en una sociedad todas sus estructuras secundarias ya fueron contaminadas, lo cual torna débil y precaria la intención humanizante de un proyecto político. 
Esta debilidad, este Talón de Aquiles que en América Latina ha tenido siempre una importancia capital, es estratégicamente utilizada por los grandes grupos económicos, pues en esa complicidad del cohecho, de la compra de voluntades y del soborno masivo a legisladores y periodistas se producen sus grandes ganancias. Estas prácticas poco transparentes hasta tienen su correlato institucional y legal en la figura del lobby, que no es otra cosa que el acercamiento sigiloso de las multinacionales rebosantes de dinero, tentando a diputados y senadores para que aprueben leyes en favor de intereses capitalistas y no del bien común. Este lobby, que se remonta al siglo XVIII en la Inglaterra industrial, se ha convertido en un verdadero cáncer civilizatorio, pues es responsable, en buena medida, del deterioro democrático en todo el mundo.
Tampoco debemos olvidar que nuestra corrupción estructural, considerada regionalmente, es el resultado de estas estrategias concebidas y llevadas a cabo durante décadas. En rigor, fueron realizadas por vez primera por la Baring Brothers & Co de Londres a partir de 1822, otorgando préstamos a nuestras recién nacidas repúblicas independientes y sobornando a nuestros enviados. 
Así como los golpes de Estado, la desaparición de líderes preclaros, la enajenación de los patrimonios nacionales y la destrucción sistemática de nuestra educación fueron los sillares en los cuales se cimentó la perversión de nuestras estructuras, la destrucción resultante del tejido social se convierte un excelente abono para la corrupción, que surge así como una alternativa a la supervivencia individual, frente al ocaso de instituciones que deberían garantizar el bienestar común.
Cuando los electorados latinoamericanos se quejan de la mediocridad y venalidad de sus políticos, olvidan que esos hombres surgieron de la propia sociedad, y que esa sociedad —podemos tomar como ejemplo a cualquier país de Nuestra América— fue durante más de un siglo torturada, expoliada, subdesarrollada programáticamente, y viciada en sus procesos políticos e intentos soberanos. Por tanto resulta natural que las clases políticas reflejen el mismo deterioro que afecta a sus tejidos sociales, pues ambos son análogos. Por supuesto siempre surgen excepciones que retoman el ideal político más puro y moral. Y por ello estas excepciones son también objeto de ataques y desestabilizaciones por parte de los sectores corruptos, pues como tales responden de manera claudicante a los que les proveen ganancias o algún tipo de mezquina satisfacción personal. Ésta, si dudas, es la clave de nuestra histórica sumisión y dependencia. 
Pero para comprender mejor estas relaciones entre el deterioro social y la permeabilidad a intereses ajenos, vamos a detenernos en algunos ejemplos muy pedagógicos. 
Cuando el escritor Sergio Almaraz Paz, nacido en Cochabamba en 1928, ensayista prolífico y uno de los intelectuales más lúcidos que pensó a Bolivia, escribió su obra Réquiem para una República, ya vislumbraba claramente esta relación fatídica entre corrupción y subdesarrollo inducido. En su libro escribe: “Si es repulsivo el espectáculo de burgueses apretujándose en torno al embajador (estadounidense) y sonriendo servilmente para conseguir un crédito, es doloroso ver a un campesino tendiendo arcos de flores para testimoniar su gratitud por la escuelita o el pozo de agua recibido en obsequio. La pobreza extrema facilita la colonización (…) Hay un cierto nivel en el que la pobreza destruye la dignidad: ese nivel lo han descubierto los norteamericanos y trabajan sobre él.”  
Con gran clarividencia, el autor presenta aquí a la pobreza como la verdadera táctica maestra, la que permite la penetración de todo tipo. 
También podemos apreciar las conexiones aleatorias entre injerencia externa y mutilación de los proyectos nacionales señalando algunos episodios muy claros, sobre todo uno que resulta fundamental para nuestra sociedad boliviana. 
Cuando en el año 2000 el presidente Morales se hallaba en la sede de la Oficina de Derechos Humanos de Villa Tunari, en Cochabamba, un helicóptero de la DEA realizó un ataque con artillería ligera que estuvo a punto de alcanzar al que es hoy el hombre clave de Bolivia. Si esta intervención colonialista hubiera tenido éxito y se hubiera saldado con la muerte del entonces dirigente cocalero, ¿cuántas reformas fundamentales no hubieran tenido lugar en los últimos años? ¿Cuántas conquistas sociales y avances soberanos sobre la economía se hubieran perdido? ¿En qué lugar estarían hoy los derechos indígenas y de los campesinos? ¿Cuánto más se hubieran expoliado nuestras riquezas naturales sin el freno del Decreto Presidencial 28701 (de nacionalización de los hidrocarburos) de 2006?
Por la misma razón, el genocidio latinoamericano de los años 70 fue meticulosamente preparado para aniquilar a lo mejor de nuestras sociedades: activistas políticos, sindicalistas comprometidos, estudiantes y dirigentes de base, que son los que conforman el verdadero semillero social para toda construcción soberana eficaz y tangible. Aquella tarea de aplastamiento malogró —nunca sabremos cuántos— proyectos y posibilidades colectivas, enterradas o desaparecidas junto a los que habrían de cumplirlos.
De igual forma que un helicóptero de la DEA o un golpe de Estado, hoy la corrupción resulta una instancia estratégica de envergadura para los poderes mundiales, pues permite utilizarla como denuncia y propaganda. Así fue en el caso de Brasil, provocando la destitución forzada e irregular de Dilma Rousseff, o de Argentina, que hoy debate la corrupción de los gobiernos de izquierda (que debe ser condenada enérgicamente), pero no discute la corrupción estructural que benefició a multinacionales europeas y estadounidenses durante la devastadora década neoliberal de 1990. 
A estas tácticas de las instituciones internacionales que utilizan  la corrupción como elemento disuasivo, el Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, las denomina sobornización en su libro de 2002 El Malestar de la Globalización. En una entrevista publicada por el diario británico The London Observer, Stiglitz nos dice: “los líderes nacionales —usando como excusa las exigencias del FMI— liquidan alegremente sus empresas de electricidad y de agua. Podías ver cómo se les abrían los ojos ante la posibilidad de una comisión del 10%, pagada en cuentas suizas, por el simple hecho de haber bajado unos cuantos miles de millones el precio de venta de los bienes nacionales.”
Stiglitz fue economista jefe del Banco Mundial entre 1997 y 2000, y por tanto su relato puede tomarse como una auténtica incursión de topo en lo peor de los organismos multilaterales de crédito que hoy diseñan el mundo. Esta sobornización posibilita así que los acuerdos firmados entre Estados y organismos vayan en la dirección deseada por el establishment financiero mundial y no contemple, en cambio, el interés soberano del país que recibe el crédito. 
Esta condición sobornizada de nuestras clases políticas —utilizando el neologismo de Stiglitz— tiene siempre el apoyo de la prensa corporativa, que omite y atenúa toda crítica a los gobiernos dóciles, por más corruptas que hayan sido sus gestiones. Y con idéntica parcialidad, realiza campañas mediáticas para desprestigiar a gobiernos contrarios al discurso dominante. Lo cual nos muestra la gran utilidad de la corrupción como arma estratégica: se maquillan los actos corruptos amigos y se sobredimensionan los actos de corrupción de los enemigos, manipulando las inclinaciones del electorado. Por ello, cuando surgen gobiernos transparentes, sin atisbos de malversación y además confrontados al establishment, resulta perentorio generar campañas infundadas, o bien ficcionar actos de corrupción inexistentes. Bolivia y Ecuador hoy se hallan en el centro de estas tácticas sucias. Y como integrantes de estas sociedades, no debemos olvidarlo, pues en ello se juegan nuestros verdaderos progresos.
*Escritor y periodista