Archivistas trabajan en la memoria minera de Bolivia

Jackeline Rojas Heredia
Sala dedicada a los Mineros de San Juan en el Archivo Catavi

Jackeline Rojas Heredia
El árido paisaje se divisa cerca, pequeños cerros, paja seca y un sol que abrasa sin calentar el aire. Lejos de posibles suposicio¬nes, los centros mineros son po¬blaciones vivas en su cotidianidad sencilla. De Huanuni a Siglo XX y de ahí a Catavi, a la infraestruc¬tura de la Casa Archivo Regional Catavi, el lugar se amplió el 23 de junio con una sala en homenaje a los caídos la noche de San Juan. 
Es la casa residencial que al¬bergó a los gerentes de la empre¬sa del Barón del Estaño Simón I. Patiño, recuperada hoy para pre¬servar la memoria minera. 
En el pasillo se observan enormes cuadernos de registro de quienes trabajaron ahí hace décadas, otra sala está repleta de archivos, entre amarillentos y oscuros carcomidos por el tiem¬po, y el salón recientemente es¬trenado acoge joyas históricas que uno podría aprovechar para nutrir el conocimiento. 
La encargada, Lourdes Peña¬randa, se dio a la tarea de inau¬gurar el sitio junto con persona¬lidades como Justo Gómez Solís, conocido maestro de la natación minera; el director de la Bibliote¬ca y Archivo de la Asamblea Plu¬rinacional, Luis Oporto; Carola Campos Lora, jefa de procesos técnicos de Archivos Comibol; representantes de la Federación de Trabajadores Sindicales Mine¬ros; autoridades de la Universi¬dad Siglo XX y la población. 
En el lugar llaman la aten¬ción los enormes registros de personal desde 1918, en ellos, y escrito a pulso, están los nombres de los mineros, sus edades y condición física. Esta últi¬ma casilla informa de estados agudos de neumo¬nía, daños en los pulmones, entre graves y leves, y la admisión al trabajo con la palabra ‘condicional’. 
TERRIBLES CONDICIONES 
Buscando entre las hojas, en un registro de 1920, se halló a un grupo de mujeres admitidas a cumplir labores mineras con la diferencia de que si en la casi¬lla de los hombres figura entre 3 y 4 pesos bolivianos el jornal, de las mujeres es 1,5 y un máximo de 2 pe¬sos. Llega la pregunta inevitable, ¿Cómo podía traba¬jar ese grupo de gente en tan terribles condiciones? 
Catavi fue uno de los centros mineros más grandes en su época, según Carola Campos, ya que albergó a más de 5 mil mineros y fue el cen¬tro de actividades de Patiño para dirigir y contro¬lar, desde ahí, la economía del Estado boliviano. 
Sin embargo, pese a ser uno de los más impor¬tantes centros mineros, no cuenta con un archi¬vo completo, solo con el que se recuperó gracias a las gestiones y trabajo del director nacional de Archivos de la Comibol, Édgar Ramírez. 
Los propios pobladores de Catavi desmantela¬ron y saquearon el lugar. Otros dicen que los do-cumentos fueron robados y trasladados a Oruro. Como fuere, hoy en día, encabezados por Peña¬randa, se encamina la tarea titánica de recupe¬rar lo relacionado con las masacres mineras his¬tóricas suscitadas en Catavi. La primera masacre data del año 1923 y la segunda de 1942. 
RELATO ESTREMECEDOR 
La memoria se refresca con una narración es¬crita por el escritor Víctor Montoya en la revista Bocamina e invade la imagen de María Barzola, quien encabezaba la marcha con la tricolor en brazos cuando los disparos de los militares le ce¬garon la vida. Su cuerpo herido de muerte cayó al piso envuelto en la bandera boliviana. 
Un relato estremecedor que se instala en la memoria, que duele por la impotencia de aquella sangre derramada injustamente y que permite comprender cuánto costó la construcción de este país, cuántas vidas inocentes por delante destina¬das a nutrir la cimiente boliviana. 
Otras masacres, cuya información se preten¬de recuperar, son las de 1965, 1967 y la de 1995, de Amayapampa y Capacirca. 
“Entonces se debe recuperar todo eso en bi¬bliotecas, información hemerográfica de los pe¬riódicos, fotografías, archivos y todo lo relaciona¬do con esa historia. No es nuestra idea lamentar la masacre de los mineros esos años, sino rescatar las luchas y los resultados que tuvieron en la his¬toria de lucha por la reivindicación social. Tene¬mos mujeres amas de casa de envidiable altura, como Domitila Chungara o María Barzola, muje¬res heroínas no mártires, el sector minero fue la vanguardia de esa lucha”, justificó Campos. 
LA DONACIÓN DE JUSTO GÓMEZ 
Justo Gómez Solís (emocionado hasta las lágri¬mas) entregó el estandarte glorioso del primer club de natación de Catavi, 12 años campeones nacio¬nales, cinco representando a Bo¬livia en eventos internacionales. 
Entregó también una medalla y dos condecoraciones históricas para el Archivo de Catavi, además de informes de gestiones de la Fe¬deración Boliviana de Natación desde 1940 a 1980 y la realización del primer campeonato Odesur, que el presente año se disputará en la ciudad de Cochabamba. 
Gómez hizo énfasis en los jóvenes campeones que Catavi le dio al país, nadadores de al¬tura como Simón Roselio, Lalo Claure, Iván robles, Juan Carlos Oropeza, Rafito Claure, éste úl¬timo vive en Sucre. 
El año 1975, Claure repre¬sentó a Bolivia en Arica, en el campeonato infantil. (Otra vez las lágrimas en el rostro de Gó¬mez) “hay muchos recuerdos de la natación minera”, concluye. 
Caminos de tierra conducen a la ciudad de Llallagua, siento que somos escoltados por mu¬chas almas de casco y martillo, voces que el viento replica en la profundidad del otoño y que na¬rran una memoria de lucha sin mengua, de sangre y hambre, de esfuerzo sin compensación.