Latinoamérica en la mira

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La presión externa tiene en la mira al presidente Evo Morales como lo hizo en su momento con Hugo Chávez (+).

Por Alejo Brignole *
Señalar que nuestra región latinoamericana ha estado sometida a presiones económicas y sociales surgidas de las potencias centrales, no constituye ninguna novedad histórica. Solo con asomarse a la historiografía de cualquier país hermano, podremos hallar signos de esta verdad irrefutable, pues la propia deriva institucional de nuestros Estados es producto de ello, debido, en primer lugar, a que nuestras riquezas, de una variedad y una magnitud colosales, han convertido a esta región en el foco de las miradas mundiales de manera ininterrumpida desde aquel nefasto 12 de octubre de 1492. Tal como señaló el sacerdote Gustavo Gutiérrez, autor e impulsor de la Teología de la Liberación. Nuestra América fue siempre el “subcontinente de la opresión y del saqueo.”
Fue precisamente esta asociación necrófila señalada por el teólogo peruano, entre opresión seguida de saqueo, que nuestra historia ha transcurrido sin poder desplegar las plenas potencias que estas tierras y sus gentes poseen por naturaleza y esencia. 
Han debido transcurrir más de dos siglos desde nuestra conformación como naciones formalmente soberanas, para poder plasmar unas estructuras coordinadas y autónomas, desligadas de toda influencia hegemónica, como la Unasur, el Parlasur y el ALBA. Estas formas asociativas, de rango internacional y de propio cuño latinoamericano, son motivo de profunda preocupación para los países con economías centrales, pues afectan de manera directa sus propios diseños para nuestra región, los cuales se hallan en extremos opuestos a nuestros intereses y a nuestra realización como Estados potencialmente ricos y sociedades plenas.
De la misma manera que toda estructuración jurídica y diplomática independiente resulta una barrera geoestratégica para las naciones centrales, también los gobiernos progresistas que afianzan estas estructuras, resultan un obstáculo al que hay que derribar. 
En el esplendor de la Guerra Fría, la nación hegemónica por antonomasia, que fue y sigue siendo Estados Unidos, no dudaba en aplicar el hoy denominado poder duro o hard power, en inglés. Este poder se ejercía de manera violenta y frontal contra gobiernos progresistas, reformistas sociales o directamente revolucionarios. Y la vía más expeditiva y con economía de recursos para Washington era la interrupción de nuestros procesos políticos mediante golpes de Estado ejecutados por los militares de cada país, adoctrinados en West Point o en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá. 
Mediante el trámite de la desaparición de personas, el terrorismo de Estado y la sujeción financiera realizada por los organismos multilaterales de crédito como el FMI,  las naciones hegemónicas y particularmente Estados Unidos, obtenían las condiciones necesarias para nuestra subordinación jurídica y el consiguiente despliegue económico transnacional. Se producía así el desembarco o la ampliación de multinacionales extranjeras ya existentes en nuestras economías, que obtenían de nuestros territorios materias primas para su producción industrial y concentración capitalista enfocada en sus naciones de origen. Sin olvidar la explotación humana que las nuevas leyes propiciaban, precarizando las condiciones de trabajo y desvirtuando las conquistas campesinas y obreras que cada país había alcanzado en diferentes momentos de su historia.
A esta dinámica de opresión y terrorismo de Estado para alcanzar fines económicos, la escritora canadiense Naomi Klein, la calificó como capitalismo del desastre, cuya tesis se basa en los trabajos del economista Joseph Schumpeter, a principios y mediados del siglo XX.
En su libro, La Doctrina del Shock, auge del capitalismo del desastre, Naomi Klein analiza procesos políticos y económicos de diferentes partes del mundo, y dedica un importante capítulo al golpe de Estado de Augusto Pinochet, en Chile. Explica cómo éste fue utilizado para introducir reformas económicas privatistas, en el marco de las ideas de Milton Friedman y la Escuela Económica de Chicago, en donde el Estado como regulador de la economía debe desaparecer y dejar a las fuerzas del mercado cumplir su función, liberada de toda normativa. Las tesis de esta escritora canadiense y activista social, resultan de importancia capital en la comprensión de los vínculos que unen a las estrategias políticas y desestabilizadoras de las potencias sumergentes, con la irrupción de los agentes económicos en ese escenario político. De hecho, podríamos afirmar que toda desestabilización política responde a diseños económicos, que son los que promueven estas inestabilidades. Al menos en la historia latinoamericana ha sido así en todas sus épocas.
Por la misma razón, la aparición de gobiernos progresistas a principios de este siglo XXI,  que han tenido por principales protagonistas a Hugo Chávez en Venezuela, a Evo Morales en nuestro país y a Rafael Correa en Ecuador, sin olvidar a Néstor Kirchner en Argentina y a Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil, ha desencadenado una serie de respuestas encubiertas por parte de Washington, que ve mermada su influencia en la ingeniería social y política de nuestras naciones.
La diferencia  radica en que, en la actualidad, Estados Unidos sabe que no puede ir por la vía directa de la represión frontal. No cuenta ya con Fuerzas Armadas latinoamericanas sumisas, dispuestas a derrocar presidentes progresistas. Sobre todo porque las Fuerza Armadas de nuestra región aún deben soportar el escarnio de haber servido como ariete servil de estrategias foráneas, entregando nuestras economías como si fueran fuerzas mercenarias al poder dominante. O bien los responsables militares de aquellos años dictatoriales aún enfrentan cargos y cárcel por crímenes de lesa humanidad, sobre todo en Argentina. Proceso de reparación humanista iniciado por Néstor Kirchner, que fue verdadero faro jurídico para nuestra región, y una advertencia histórica para los ejércitos latinoamericanos, de no replicar nunca más genocidios a cuenta de terceros.
Debido a este conjunto de experiencias y a la lectura crítica de su historia reciente, América Latina ha avanzado de manera exponencial en la comprensión de su logos (es decir, de los factores que la condicionan y de su situación real frente al mundo), y por eso su respuesta fue un giro armónico y generalizado hacia gobiernos filosóficamente humanistas y económicamente más justos. Es decir, con una visión integradora del Hombre y de sus lazos fraternos, cuya consecuencia más evidente fueron las estructuras integradas ya señaladas, como la Unasur, entre otros.
Sin embargo, en la misma medida en que nuestro logos avanza y con él nuestra comprensión de las fuerzas que nos sumergen e impiden nuestro desarrollo, también las tácticas contrarias mejoran con el tiempo, se refinan y alcanzan estadios mejorados de penetración ideológica y cultural. Metodologías que implican una de ejecución más lenta, pero que nos afectan tanto como las tácticas intervencionistas directas de antaño. 
Hoy se utiliza a la prensa corporativa, a las ONG y fundaciones, cuya denominación incluyen, casi invariablemente, palabras-trampa como libertad, democracia y pluralidad, pero que son sostenidas financieramente por Washington o algunas de sus agencias especiales para intoxicar los razonamientos masivos e instalar un discurso falsamente democrático. Convencen al electorado de las ventajas de cambiar de gobierno, aun cuando éstos mejoran sensiblemente la calidad vital de sus sociedades.
A estos mecanismos indirectos, de naturaleza subjetiva y preñados de ideas superficiales con una finalidad publicitaria, se los denomina como poder blando, o soft power, en inglés. Estas tácticas subterráneas y de índole difusa, fueron concebidas por el estratega estadounidense y analista político de la Universidad de Harvard, Joseph Nye, en la década de 1990. En su libro Bound to Lead: The Changing Nature of American Power (Destinado a Liderar: La Naturaleza Cambiante del Poder Americano) expone por primera vez este concepto de poder indirecto, destinado a influenciar mediante la persuasión sostenida, abandonando la disuasión directa y militar, como medio para alcanzar objetivos estratégicos. En el año 2004, el profesor Nye ampliaría esta teoría en su libro Soft Power: The Means to Success in World Politics (Poder Blando: Medios Para el Éxito en la Política Mundial).
El politólogo también enunció algunos conceptos estratégicos afines al poder blando, como el de interdependencia asimétrica y compleja. También aportó una novedosa noción de interacción hegemónica, a la que denominó poder inteligente o smart power. 
Esta forma de poder (siempre según Joseph Nye), sería una adecuada combinación de poder duro, presión militar y económica asfixiante, con otros elementos del poder blando orientados a establecer alianzas, efectuar propaganda e influenciar los sistemas educativos y mediáticos para utilizarlos como agentes de propagación ideológica. 
Bajo este encuadre, no debe resultarnos extraño que la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, o las plataformas democráticas que desestabilizan al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, sean un subproducto de estas tácticas, aplicadas lenta, pero consistentemente en nuestros países. La victoria de Mauricio Macri en Argentina, sin duda obedeció a estas tácticas blandas, pero persistentes, que fueron ejecutadas a través de los medios e instalaron la idea de un cambio, como necesidad para salir de un estancamiento, que era ficticio y sin correlato con la realidad estadística. De igual manera, en escenarios de difícil penetración ideológica, como la actual revolución indígena en Bolivia, fuertemente cohesionada en principios plurales e integradores, este poder blando debe crear situaciones artificiales y generar acusaciones improcedentes para comenzar a minar la opinión pública y evitar así, la continuidad y consolidación de un modelo que les impide a las fuerzas sumergentes fagocitarnos e implementar una capitalismo extractivo en nuestras economías. Por ello necesitan instalar la idea de un cambio constante.
Para que en realidad nada cambie.
*Escritor y periodista