“Juana Azurduy”, de Jorge Sanjinés

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Una escena del filme de Jorge Sanjinés

Por Ojo de Vidrio
En 1821, Mateo Quispe habló con José Miguel Lanza, jefe de la División de los Valles, como se llamaba a la guerrilla de Ayopaya. Lo acompañaban 400 indígenas que reclamaban por la vida del comandante José Manuel Chinchilla. Entonces Mateo Quispe se irguió cuanto pudo y dijo: “Ahora lo entiendo, unos son hijos de la Patria y otros somos entenados nomás”. Esta frase profética figura en el Diario del Tambor Vargas y me vino a la memoria cuando vi la película Juana Azurduy, de Jorge Sanjinés.
Un conjunto de planos secuencia se repite a lo largo de la película y la escena final es la soledad de Juana Azurduy y de su calle, la soledad de la república recién fundada, que aguarda la salida del Ejército Libertador para sojuzgar a los habitantes de Charcas quizá peor que durante la Colonia, que es decir mucho; porque Bolívar y Sucre le fijaron pensión vitalicia a Juana, pero llegó Santa Cruz y la anuló, restauró la paz colonial, restableció el concordato con el Vaticano, volvió a la educación elitista y clerical, contraria a la reforma educativa emprendida por Simón Rodríguez, funcionario del gobierno de Sucre, que estableció escuelas mixtas y demandó niñas y niños huérfanos para que no reprodujeran en el hogar los prejuicios coloniales de sus padres. 
Eso no podía permitirlo la cultura colonial de tres siglos y Santa Cruz la restauró, y esto debería ser suficiente para evitar los halagos que hacen a su gobierno tan solo porque su madre era indígena, cuando él fue un pésimo militar, lugarteniente de Goyeneche y Mariscal de Zepita por el Perú junto a Agustín Gamarra. 
Un militar realista que cayó preso por el Moto Méndez en la batalla de La Tablada, que quiso defeccionar en Pichincha y fue llamado por Sucre bajo banderas, que salió con su gusto para que Sucre no interviniera en la batalla de Junín, que dejó a Sucre en Lima y se vino al sur con 6.000 hombres y los perdió a todos frente a Oruro y perdió la batalla de Yungay. Ese es el Santa Cruz que defendemos.

el imperio kolla
En 1957, quizá antes, Fernando Díez de Medina escribió Literatura boliviana, y en ese precioso libro, “La herencia kolla”, “La herencia quechua”, “La conquista” y “La colonia”. El ciclo secundario incluye una visión breve sobre nuestra herencia incaica, junto a 12 incas que repetimos de memoria; pero el cronista Montesinos se refiere a 14 incas precedidos por 86 soberanos kollas, de los cuales nunca nos enseñaron sus nombres. 
Allí está el fundador, Mallku Khapac, soberano kolla de quien tomó el nombre el héroe civilizador del imperio inca; están Huyustus y Makuri, así como muchos otros soberanos, sus conquistas que llegaron a los límites de Venezuela, su presencia en la toponimia, en los textiles, en la cerámica, en los instrumentos de viento y percusión, en las artes y las ciencias, en la arquitectura, en la cosmovisión e incluso en el control vertical de pisos ecológicos. 
Díez de Medina dice que los españoles llegaron cuando el Imperio Kolla terminaba una edad media prolongada, en la cual sucumbió a la anarquía reinante y una pareja emprendió el viaje desde el Titikaka, tomó una vara en la Isla del Sol y logró hundirla en el actual Cusco, o Jusk’u (agujero).
Una conjetura que tampoco nos enseñan es que el imperio incaico, su admirable régimen económico y político, su cultura del consenso, sus obras hidráulicas y de ingeniería alimentaria no nacieron por generación espontánea y son productos genuinos de la cultura kolla, radicada en la actual Bolivia.
Díez de Medina halla incluso en la rebeldía independentista una herencia de la colonia española; y entonces no hay más que mirar a Manuel Ascencio y a Juana para comprobar la persistencia de la cultura colonial en nuestros días, hecho que distorsiona todas las ideologías que heredamos de Occidente. Sin embargo, hay una persistencia inexplicable en nuestra clase dirigente de abolir la colonia por decreto, como si no tuviera presencia, para bien o para mal, en todos nuestros actos o, cuando menos, en la “naturaleza problemática” de los bolivianos, pues somos herederos de una cultura contradictoria, hecha de opuestos que tratan de unirse y no lo consiguen hasta hoy. Allá, en la soledad final de Juana Azurduy, se percibe el proyecto político de la república de 1825, que restaurará la pax colonial pese a los esfuerzos propios y del Ejército Libertador.

NUEVOS PROYECTOS
Pude felicitar a Jorge Sanjinés por la sobriedad y mensaje de la película y me dijo que era obra de muchos artistas que suman sus esfuerzos, tanto el camarógrafo César Pérez, que maneja a maravilla el plano secuencia y los colores, aunque la pésima proyectora del Cine Center muestre una película opaca, como Milton Guzmán, coordinador de la película o los actores, que se caracterizan por la mesura y sencillez de su participación para nada épica ni enfática, como nos acostumbran las horas cívicas. Pero Sanjinés se quejó asimismo de la falta de una cooperación orgánica al cine boliviano, pues apenas pudo financiar la mitad de la película con contribuciones públicas y privadas inorgánicas y lo agobian los impuestos nacionales.
Sanjinés reiteró la condición de los indígenas bajo la república quizá más cruel que durante la colonia y anunció un nuevo proyecto sobre Zárate Willka y su proclama de Caracollo, que incluía en pie de igualdad a indios y blancos, aunque fue traicionado y fusilado por éstos luego de producirse la revolución federal.
Quise decirle que bien se puede contar la historia de Bolivia como un despojo sistemático a los pueblos originarios y quejarme del comentario desaprensivo registrado en un diario de La Paz, que en tres líneas descalificó mi novela La sombra del Tambor y le puso el sambenito de “un chenko total”, suficiente argumento para invisibilizar a los 250 héroes desconocidos que el Tambor Vargas incluye en su Diario. Pero además quise agregar que el cine de Sanjinés apunta e insiste sobre ese tema, el infatigable y humilde Sanjinés, a quien le debemos lo mejor del cine boliviano.